Amor de mí

adminfebrero 15, 202210min220
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Hace 3 meses mi vida cambió. Hace 3 meses que las palabras que lees hoy me queman por dentro, que quiero soltarlas y no me atrevía porque no son fáciles de decir, pero he decidido que ya está bien de callar por temor al qué dirán, a ser políticamente incorrecta, a señalar con el dedo un cáncer social, a meter el dedo en el ojo a esas personas que en casa se portan mal y fuera dan una imagen de perfecta normalidad y corrección.

Nadie tiene derecho a quebrar a una mujer: su autoestima, su dignidad de ser humano, su libertad, su salud física, emocional, psicológica, afectiva, sexual…, sus talentos, sus capacidades.

Si lo estás sufriendo o conoces a alguien que lo sufre ¡habla, dilo, envía un WhatsApp o un SMS, denúncialo si es necesario, pide ayuda! Siempre hay alguna persona a la que acudir y si esa persona te falla aparecerá otra con la que no contabas y que te ayudará, te lo digo yo que lo sé.

Sé de primera mano que da miedo, sobre todo si tienes hijos menores de edad y no tienes trabajo, independencia económica ni carnet de conducir. Si estás exhausta, si has llegado al límite de tus fuerzas físicas hasta el punto de desmayarte nada más llegar a Urgencias, al límite de tu resistencia mental y emocional, si quieres vivir da el paso, atrévete a romper la baraja, a terminar con esa deformación terrible del verbo amar.

Tienes mucho que perder, es verdad: el amor y la presencia junto a ti de tus hijos, tu casa y todas las cosas que no caben en una bolsa de viaje, tu seguridad económica, tener comida en la mesa todos los días -o no, que según qué casos aun quedándose en casa hay quien ha tenido que pedir comida en la parroquia-.

Lo que no puedes perder es tu propia vida, lo más valioso que tienes y que es sólo tuyo: no te la juegues más porque tienes todas las papeletas para dejártela por el camino del “aguanta un poco más, espera, ten paciencia, no te precipites, piénsalo bien…”.

Tu salud no está por debajo de la de nadie. Tu dignidad no está por debajo de la de nadie. Tu vida no es menos importante que la de nadie. Tu vida es lo más valioso que tienes. Si la pierdes por miedo a dejar atrás tu casa, a tus hijos, tu aparente pero falsa seguridad, ¿de qué habrá servido tu sufrimiento silencioso de años? Oye, que la vida real no es un anuncio de pomada antihemorroides. Tírate a la piscina aunque te tachen de loca, drástica, imprudente, precipitada, exagerada, feminista, blandengue, llorica, etc.

Te preguntas, decepcionada, cómo es posible que haya gente que te diga esas cosas. ¿Acaso no te conocen desde hace años, no te escuchaban cuando les contabas en confianza lo que estabas viviendo, no te han entendido o no se han enterado de lo que les decías? ¿Será que no te conocen realmente, que no se han dado cuenta de que nunca te precipitas, de que piensas mucho las cosas importantes y las llevas a la oración antes de tomar decisiones?

Dios quiere tu felicidad, no tu infelicidad ni tu sufrimiento. Dios creó al hombre y a la mujer iguales:

Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (…). Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó.” Génesis 1, 26-28.

Dios te ha creado a su imagen y semejanza, eres imagen de Dios y si además eres cristiana eres hija suya por el Bautismo así que no permitas que nadie te robe la dignidad, la salud ni la vida.

El miedo paraliza hasta que un buen día lo superas. Pueden pasar años y años y en un instante de das cuenta de que ha llegado el momento, de que ahora sí te ves capaz de romper esa dinámica que te está destruyendo, que te está disolviendo.

Mi presente es lo único que tengo y es más fuerte que mi pasado y que mi futuro incierto. No puedo ni quiero vivir con miedo, sometida, humillada, explotada, maltratada, usada, despreciada, abusada, infravalorada, ignorada, no amada. He decidido soltar esa parte de mi vida que han escrito otros valiéndose de mi miedo, de mi dependencia económica y/o afectiva, y empezar a escribir yo otra historia: la mía.

Jesús de Nazaret no considera inferiores a las mujeres, como es habitual en el momento histórico en el que vive. Se pronuncia al respecto, se posiciona a contracorriente y no se le mueve ni un pelo. No las utiliza, no las rehuye, habla con ellas, sale a su encuentro, en ocasiones las elige por delante de los varones para ser depositarias de su mensaje y que lo propaguen.

Interactúa con ellas con una naturalidad que escandaliza a los maestros de la Ley, a las autoridades, pues para ellos la mujer es prácticamente una propiedad de su padre que pasa a ser propiedad de su marido. Si la mujer no tiene marido depende de su hermano varón o de su hijo mayor, y ser viuda sin tener un protector equivale a caer en la desgracia y la miseria.

Él les respondió: ¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? De modo que ya no son dos, sino una sola carne.” Mateo 19, 4

Una sola carne, un solo ser, iguales.

Jesús de Nazaret trata bien a las mujeres, reconoce su dignidad como seres humanos iguales al varón, las defiende, las consuela, las trata con perdón y misericordia cuando lo habitual es que las usen, las degraden, las juzguen y las condenen a la pobreza, a la ignorancia y hasta a la lapidación.

No dejes que te lapiden. Eres mujer. Eres digna de respeto y de amor.

Dios te respeta. Dios te valora. Y sobre todo, Dios te ama.

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