Al tercer día, resurrección

adminabril 13, 20229min230
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Hoy repito mucho la palabra «dolor», es lo que tengo dentro así que aviso en la primera línea para que el lector sepa lo que se va a encontrar.

He pasado la Cuaresma sin enterarme, con el alma fría, hundida en una tristeza tan profunda y pesada que he consumido todas mis fuerzas en mi empeño por combatirla, sin éxito.

He llegado al Domingo de Ramos en un estado similar a la indiferencia aunque no del todo, somo si quisiera anestesiar la fe que hace sólo unos meses era tan sólida que me permitía enfrentarme a todas mis dificultades con una fuerza titánica, una confianza ilimitada en Dios y en la utilidad de mis esfuerzos, una esperanza que desterraba las sombras del desánimo y el desaliento. Ahora no sé si realmente tengo fe, si la he perdido, si se me ha muerto o si está sepultada bajo toneladas de dolor.

Hay amigas que me animan a no abandonar la oración ni los sacramentos pero no saben que hace meses que lo único que puedo hacer siendo sincera conmigo misma es pensar “si Dios existe todo lo que me pasa tiene que ser para mi bien, porque si no Dios sería un tirano cruel.”

Ni siquiera puedo rezar un Avemaría por las noches, sólo mirar la imagen de la Virgen de mi habitación y decirle “Madre, no soy capaz, cuida de los míos, ayúdame.” Y coger al Niño Jesús de la mesilla, estrecharlo contra mi corazón y pensar en mis hijos.

El Viernes de Dolores mi hermana hizo torrijas y se me desgarró el corazón porque todos los años yo las hacía por primera vez ese mismo día y el recuerdo me dolió.

No puedo rezar. No puedo acercarme a la iglesia sin que se me llenen los ojos de lágrimas. No puedo mirar al cielo sin pedirle a Dios, porque en realidad sí creo que existe, una pista del por qué o el para qué o el hasta cuándo de este sufrimiento que me está costando la salud y la alegría.

Aunque no lo estoy a veces me siento sola, traicionada por las personas a las que más he amado, a las que he entregado mi juventud, mi corazón, mi servicio, todo mi tiempo durante la mitad de mi vida hasta caer literalmente exhausta.

No me cabe en la cabeza que haya personas que mientan acerca de mí, que me dejen sola cuando alzo la voz ante las injusticias y los abusos, que me hayan juzgado y condenado sin hacer el mínimo esfuerzo por escucharme. Esto y constatar que el 98% de quienes creía mis amigos me han dado la espalda me ha costado una enfermedad.

Si me empeño en seguir el consejo de quienes me animan a no apartarme de Dios, encuentro cierta similitud entre lo que me está pasando y la Pasión y Muerte de Cristo. Me agarraré a eso, aunque esté traído por los pelos, sólo porque el sufrimiento de Jesús culminó en la Resurrección.

Llevo una carga no material, no como su cruz, pero tan pesada que a mí también me hace caer al suelo, me llena de heridas, me aplasta y me impide respirar y a veces me hace imposible dar tres pasos seguidos sin quedar absolutamente agotada. Gracias a Dios, o a la bondad de las personas o a todo junto, yo también tengo cirineos que me ayudan a cargar gran parte de ese peso, aunque el dolor es sólo mío y tengo que chupármelo entero yo solita, a pelo.

A veces este dolor interior se manifiesta físicamente, lo que se llama «empatizar», y lo que siento me recuerda la corona de espinas en la cabeza de Jesús, los latigazos, el sudor, la sangre y las lágrimas que limpió Verónica, los clavos atravesando su carne y sus nervios, la asfixia al colgar verticalmente de la cruz sin poder elevarse más que sobre sus pies clavados por un breve espacio de tiempo que tampoco le suponía ningún alivio sino más sufrimiento.

Quiero llorar para vaciarme de todo el dolor, no para autocompadecerme. Vaciarme del dolor, vaciarme de todo lo que he dejado atrás al optar por mi libertad, mi dignidad y mi vida.

Vaciarme del dolor del pasado conlleva un dolor actual inevitable por el que tengo que transitar. El duelo ha de pasarlo uno mismo y duele tanto que llega a dejarte postrado en la ama durante horas y días. Pero hay que pasarlo y llega un momento en que termina y puedes recordar y hablar de aquello sin llorar, sin sufrir, con un pellizco en el corazón pero sin temblar, ni de miedo ni de dolor ni de rabia.

Yo estoy muy lejos de ese punto. Estoy en el punto del gran sinsentido, del gran dolor, del gran vacío, del gran engaño, del gran desengaño, de no ser nadie y estar en tierra de nadie, en medio de arenas movedizas. ¿Ha sido mi vida una gran mentira, una gran tomadura de pelo? Hay quien me ha engañado, quien se ha aprovechado y ha abusado de mí. Pero yo he obrado siempre de buena fe, con rectitud de intención, por y con amor, para servir y hacer la vida agradable a los demás, cuidando y amando. Me he equivocado muchas veces pero nunca he obrado de mala fe ni en mi propio provecho.

Estoy recorriendo la Vía Dolorosa. Llegaré al Calvario y tras la agonía moriré. Los restos de la mujer humillada, machacada y triturada serán sepultados. Y al tercer día, sea cuando sea, por el poder y el amor de Dios, esta mujer resucitará.

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