La «Humanae Vitae» y la Luz al final del túnel

adminagosto 24, 202223min210
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Hace unos días, una noticia emanada de la Pontificia Academia para la Vida ha conmocionado a una parte del mundo católico y ha “regocijado” a muchos otros. Una compañera de columna (Guadalupe Alsina) escribió ya un magnífico artículo sobre este mismo tema, enfocado desde un punto de vista práctico y experiencial. Vaya este artículo como modesto complemento.

Por eso, me parece interesante volver a reflexionar sobre este tema desde otros puntos de vista.

Infalible, irreformable y profética

Hay muchísimos «católicos» y no católicos que piensan que un día San Pablo VI se levantó de la cama y dijo «ya sé cómo tienen que hacer el amor los católicos». Entonces, cogió un papel y redactó la Humanae Vitae, además, lo hizo de forma infalible, para más chiste. 

Resulta que lo que muestra la Humanae Vitae, que le valió un martirio en vida, no es solamente infalible por estar escrito en una encíclica como magisterio definitivo e irreformable de la Iglesia, cosa que es cuestión de fe, sino que es absoluta y radicalmente infalible e inmodificable por que es metafísicamente necesario (en sentido filosófico del término), moralmente consistente y, por tener sentido trascendente, camino de salvación.

También es infaliblemente profético, porque sus profecías ya se han cumplido y con creces. Sé, a ciencia cierta, que ha sido motivo de conversión a la Iglesia para muchas personas de bien y, además, creo que como un hachazo divide al pueblo «católico» en dos bandos: los que han descubierto su trascendencia en todos sus aspectos y los que viven de espaldas a ella. Los que creen que vivir en católico es, sobre todo, un camino cierto y verdadero hacia el bien en este mundo y hacia el Cielo en el futuro, y los que no lo tienen tan claro.

Hoy en día, a este respecto, tenemos dos tendencias perversas en nuestra cultura y dentro de la propia Iglesia que se dan de forma solapada y sinérgica, pues son resultado del mismo conjuro. Una, no querer entender que Amor y Verdad son en el fondo lo mismo (el Mismo) y, otra, confundir “bien común” con “interés general”. Dos tendencias que son una deriva de nuestra cultura que lo impregnan todo. Proceden del relativismo y de una concepción marxista-liberal de la existencia, todo azuzado por un gnosticismo de corte masón.

En el fondo, se persigue una devaluación hasta la aniquilación de la interpretación metafísica y trascendente de la realidad, porque se considera esta como alienante para el individuo, pues le quita “autonomía”. El problema está en que la Verdad, aunque la podamos ver nítida, nos resulta erróneamente dura y exigente, pues pensamos que someternos a Ella nos limita y nos impide realizarnos. Resuena en nuestros oídos el susurro de la culebra primigenianon serviam” y “seréis como dioses”. Cuesta mucho darse cuenta sin la gracia de Dios que Él, que está muy loco de amor, como contrapartida a nuestro descarrío, no sólo nos hace como dioses, sino que nos hace sus hijos.

Vamos por partes.

La finalidad y la naturaleza de las cosas

El sexo, en todos los seres vivos sexuados incluidos los vegetales, tiene una finalidad, una razón de ser, un objetivo muy claro: la perpetuación de la especie. Nítido, cristalino y contundente. Como se dice en filosofía, «el tema propio del sexo es la reproducción». Que el órgano reproductor masculino deposite espermatozoides en el órgano reproductor femenino donde les espera el óvulo tiene como objetivo único su encuentro. Absolutamente ciego o pervertido está el que no lo quiera ver. La ciencia, que estudia la naturaleza y al hombre físico, lo descubre así, se arrodilla, y lo enuncia como lo ve. Objetivo del acto, dicho biológicamente, “la reproducción”. 

Espermatozoides acercándose al óvulo.

El acto sexual no tiene otra finalidad biológica que situar a los espermatozoides en disposición de fecundar al óvulo. Éstos son los hechos, la realidad intrínseca del acto mismo. Foto: Nucleus Medical Media.

Además, el hombre, ser personal, descubre que este acto biológico está envuelto en un intenso placer físico y psicológico, del que muchos otros seres vivos carecen. También descubre que este acto, en las condiciones adecuadas, es un acto intensamente relacional e intimo. Esto hace que las relaciones sexuales en el hombre impregnen marcadamente todas las esferas del ser personal, conformando esa dimensión de comunicación entre varón y mujer. Fuera de las condiciones adecuadas, su resonancia afectiva y personal se torna perversa y queda como un acto egoísta y carente de trascendencia, que necesariamente, a la larga, deshumaniza y frustra.

La naturaleza de las cosas hace referencia a su verdad íntima, extrínseca absolutamente a nuestra mente. Las cosas están fuera de nosotros y son como son, tal y como han sido creadas. Nuestra inteligencia, chispazo de la del Creador, está llamada a descubrirlas. Absurdo sería tener una inteligencia cuyo fin último fuera el error, la confusión y la mentira, como nuestra cultura se empeña intencionadamente en querernos hacer creer de forma obsesiva. Podremos llegar hasta un nivel de conocimiento, no a todo, pues no somos omniscientes, pero la parte conocida según la verdad, siempre será verdadera.

La intención y la moralidad

Lo mismo sucede con la naturaleza de los actos. Su naturaleza es, por lo menos en parte, cognoscible para nosotros. Los actos personales tienen una finalidad, a veces clara, a veces más opaca, desde el rascarse hasta el rezar, pasando por el expulsar ventosidades. Ningún acto puede carecer de finalidad. Esta finalidad puede ser “según el ser de las cosas” (podríamos decir metafísicamente “constructiva” o buena), o “neutra” si ni quita ni pone, o “contraria al ser de las cosas” (diríamos metafísicamente “destructiva” o mala). Nótese que no se está hablando de la intención del actuante, sino de la verdad íntima de los actos. Aún no hemos hecho ninguna calificación moral.

Moralmente los actos también se clasifican en buenos, malos y neutros. Para valorarlos se tienen en cuenta muchas circunstancias, el grado de conocimiento, el grado de advertencia, el grado de libertad… Pero lo más intrínseco al acto es la intención del actuante y la naturaleza del acto. Siempre que en un acto haya un maridaje con el mal en intención o naturaleza, el acto se vuelve malo en mayor o menor medida.

Me explicaré: una intención mala ensombrece todos los actos, independientemente de su naturaleza. De igual modo, un acto malo por naturaleza pervierte todas las intenciones por bondadosas que pretendan ser. Voy a poner dos ejemplos sencillos de lo que acabo de decir. Dar limosna (acto de naturaleza buena) para humillar (intención mala) resulta en un acto malo. Abortar (naturaleza mala) para evitar daños psicológicos a la madre (intención buena), resulta en un acto perverso. La casuística es infinita y cada uno de nuestros actos, desde el más pequeño al más importante, es sujeto de este juicio. Luego, la realidad puede ser muy compleja a la hora de hacer un juicio. Quede claro que la moral sólo puede juzgar actos personales, y nunca personas. El juicio hacia las personas queda reservado para Dios.

Cómo lo explica Humanae Vitae

Como enuncia la Humanae Vitae, el acto sexual dentro del matrimonio tiene dos objetivos inseparables del mismo acto. A saber, un fin unitivo para los cónyuges y un fin procreativo. Por ser un acto intrínsecamente fecundo, estos dos fines están inseparablemente unidos. Podemos decir que estos dos fines son la verdad del acto matrimonial. Como amor y verdad son inseparables, no puede haber amor si no hay verdad en el acto y viceversa. De tal forma que, un acto carente de amor o cerrado artificiosamente a sus fines, deja de ser un dialogo íntimo y personal entre dos personas para transformarse en un soliloquio egoísta de dos cuerpos individuales mientras yacen juntos.

Pareja en la playa en el ocaso.

El amor exige una entrega total histórica y biológica. Solo se puede amar si se ama al 100%. Foto: Igor Rodrigues / Unsplash.

Queda el gesto, pero la verdad del acto se elimina, resultando un acto perverso. No se busca el “bien común” real y verdadero, sino un “interés general” mezquino y pobre previamente pactado. Sin embargo, amar significa entregarse con mi verdad a la verdad de la otra persona al 100%. Nadie en sus cabales aceptaría como regalo y declaración de amor un anillo con la inscripción “te amo al 66,4%” o “hasta que se me pase la impresión que me has causado”. Esto implica amar a la otra persona en su totalidad, en todas sus dimensiones. En su dimensión histórica, lo que exige fidelidad ilimitada, y en su dimensión biológica, lo que exige respeto absoluto a su capacidad procreadora en cada momento de la vida, en el periodo fértil del ciclo menstrual, en el periodo no fértil del ciclo, o en la época infértil por enfermedad o edad. Por esto es legitimo recurrir a los periodos infértiles del ciclo para evitar nuevos nacimientos en momentos en los que sea honestamente inconveniente. Igualmente, por esto son santas las relaciones durante el embarazo, habiendo esterilidad de uno de los dos, o tras la menopausia.

‘Colaborando’ con Dios

La trascendencia del acto matrimonial tiene muchas repercusiones. La más profunda es que nos muestra cómo es el ser de Dios, padre y madre, su inmenso cariño hacia sus criaturas -de alguna manera también físico y entrañable-, su intimidad relacional y su poder creador. Hasta estos últimos párrafos no había usado intencionadamente el término “procreación” y utilizaba “reproducción” que es lo propio de la biología. Pero, cuando se trata del acto sexual entre personas, su sentido trascendente adquiere tal peso que realmente somos co-creadores con Dios. En los actos sexuales que son fecundos se genera un nuevo ser personal soñado por Dios desde toda la eternidad y llamado a la santidad. De aquí la enorme dimensión trascendente de la sexualidad humana. Como sugería un artículo reciente de ReL, un matrimonio “sexy” puede ser fuente de un gran número de santos para el cielo. 

Si esto no se entiende, se da la perversión de que cuando queremos tener un hijo, Dios debe estar a nuestro servicio, y cuando no lo queremos, expulsamos a Dios y empleamos los anticonceptivos. Como sugería San Juan Pablo II, se trata de dos formas de entender la vida y dos concepciones del hombre absolutamente opuestas e irreconciliables entre sí. 

Como ya se ha dicho, la Humanae Vitae, doctrina definitiva e irreformable lo es, no por el capricho de un pontífice retrógrado y fuera de su tiempo, ni por ser autoproclamada «infalible», sino porque redactada con maestría, claridad y contundencia se ajusta a la Verdad y, por lo tanto, a la Ley Natural siendo una exigencia metafísica. Esa Ley que emana directamente de la naturaleza de las cosas y que no sé si alguien conoce o en la que no sé si alguien cree. La Ley Natural no es sólo una abstracción que los hombres hacemos al ver el funcionamiento de la realidad, sino que es intrínseca a esa realidad y existente fuera de nuestra mente, siendo el sello de Dios. 

A más a más, es también una encíclica profética. Sí señores, profética. Su incumplimiento nos ha llevado a situaciones absolutamente perversas. El aborto como derecho humano, enseñar a los niños a masturbarse, a que te multen si rezas delante de un abortorio, etc, etc, etc.

Las sombras de este mundo

Antes de concluir quería añadir dos cosas. 

Una, la vida de los matrimonios hoy en día es compleja, a más hijos más problemas y más bocas que alimentar. Trabajan los dos cónyuges, no tienen tiempo y no llegan a fin de mes. La educación se ha vuelto una pelea constante contra la cultura dominante. Pese a todos los avances técnicos y sociales, la vida se ha vuelto muy hostil en muchos aspectos para la institución familiar. Pero los católicos estamos llamados a ser santos en medio del mundo, con frecuencia con mucho heroísmo, pero sin chuparnos el dedo.

La otra, he usado intencionadamente la palabra “matrimonio” sin ningún adjetivo, porque matrimonio es lo que es, sin adjetivos. El resto, son parejas si son dos o tríos si son tres. 

San Pablo VI vio Luz al final del túnel: tan nítida y claramente la vio que, iluminado por Ella, escribió la Humanae Vitae, y casi le cuesta la vida. Esa misma Luz se lo llevó al Cielo, a engrosar el elenco de los santos. San Juan Pablo II vio la misma Luz y, obstinado en Ella, derribó al comunismo soviético, pronunció sus catequesis sobre el amor humano e hizo muchos prodigios más, muriendo desgastado y exprimido como un limón. Esa misma Luz lo abrazó como a un hermano y se lo llevó Consigo. Benedicto XVI también vio y sigue viendo esa Luz, y mantuvo y sigue manteniendo una encarnizada lucha contra el relativismo, lo que le ha valido un desgaste prematuro que le ha llevado a renunciar a su pontificado. Esa Luz le espera como a un hijo muy amado. 

Sigue luciendo esa Luz para todos, sólo hay que fiarse de ella y dejarse iluminar. ¿La vemos? ¿La vemos de verdad? ¿La ven algunos de los miembros de la Pontificia Academia para la Vida o ven sólo las sombras de este mundo?

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