«Me encontré cara a cara con la propuesta de Satanás»: el «choque de titanes» que le llevó a la fe

adminseptiembre 5, 202214min110
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Desde su nacimiento, Javier Melfi recuerda que en su familia no se conocía a Dios y la práctica religiosa brillaba por su ausencia. En su lugar, sus padres le enseñaron desde joven el vasto mundo de la espiritualidad oriental y la Nueva Era. No tardó en creer que el yoga era su vocación: fue un gran aprendiz y un prolífico maestro de esta disciplina. Ha relatado cómo un día, justo antes de una clase, tuvo un encuentro «cara a cara» con la «propuesta de Satanás» que implicaba el yoga y que le llevaría a la espiritualidad que siempre había buscado.

Javier, residente en Chile desde hace tres años, ha relatado al canal de la diócesis de Villarica como desde niño las terapias alternativas fueron su «mundo».

«Mi madre hacía masajes, cosas con energías, llamaba a los ángeles, nos transmitíamos energía cuando mi padre tenía gripe… y así, finalmente, encontré mi vocación en el yoga y la meditación«, explica. El único contacto que tuvo con la fe durante su infancia y juventud fue su bautismo. 

Desde niño ya había practicado la meditación oriental, conocía ese mundo a la perfección y no tardó en recibir formación especializada e impartir clases.

«Era un buen profesor, tenía muchos alumnos y me sentía realmente lleno», remarca. Tanto que en ocasiones creía que ya se había «realizado como persona» por completo.

La cosmovisión oriental, «como un agujero negro»

Entre los muchos tipos de yoga que conocía, el «kundalini yoga«,-«el de la meditación», matiza-, era su especialidad. Lo define como un yoga «muy orientalizado», con continuas técnicas de respiración, mantras -o recitación de poemas dirigidos a la deidad» y ejercicios, pero que acaba llevando a quien lo practica a la «explosión interior» y el vacío.

«Su dios es todo lo contrario a una persona, es un dios que es `uno´ con toda la creación, por lo que se puede decir que hasta la camisa que llevo puesta es dios. El pecado también es parte de dios. Cuando uno muere, el alma nunca llega al cielo a menos que alcances una iluminación tal que vas a una suerte de cielo donde finalmente dejas de existir», destaca sobre la cosmovisión oriental que sostenía. El fin último, añade, es «unirte a Dios de tal manera que tu persona nunca existirá más«.

Explica que la motivación de gran parte de los nuevos seguidores de las cosmovisiones orientales se explica por el rechazo a un «Occidente perdido y materialista» buscando equivocadamente llenar un vacío que solo puede satisfacer «la Iglesia y sus tesoros». «De primeras, quizá se pueda mejorar como persona, pero al final, en este `dejar de ser uno´ [oriental], te vas haciéndote pequeño hasta desaparecer. Es como un agujero negro que colapsa sobre sí mismo y dejas de existir», advierte.

Javier Melfi como instructor de yoga.

Dada su precoz iniciación en la Nueva Era y el yoga durante su infancia, Javier no tardó en recibir formación especializada y dedicarse a enseñarlo con éxito a otros alumnos. 

Frente a la «propuesta del demonio»

Pero entonces su carrera como maestro yogui era boyante y aunque conocía la cosmovisión oriental, nunca tuvo ninguna alternativa. Hasta que en 2019 se mudó a Chile.

Allí tuvo su primer contacto con la fe católica: «Un chico me invitó a Misa del domingo de Ramos a la catedral Metropolitana. El templo estaba lleno de gente y me cautivó ver una comunidad, gente compartiendo una misma fe y un mismo sentir espiritual. No dije esta es la fe o la Iglesia, tan solo me gustó».

Durante las siguientes semanas, siguió asistiendo a Misa «todos los domingos que podía«. Pero pronto descubriría que ambas cosmovisiones «no eran compatibles».

«Estaba preparando una clase y vi una meditación que decía `soy sano, soy bello, soy perfecto, yo creo todas las cosas, yo soy dios´… Seguí leyendo y me di cuenta de que aquello era, literalmente, lo que decía Satanás. Lo vi tan literal que fue como ver cara a cara las propuestas del demonio«, relata.

Un «choque de titanes»

Javier recuerda el «choque de titanes» que sucedió a continuación.  Todo fue cuestión de minutos: «El cristianismo y la Nueva Era no podían coexistir. En la Misa descubrí que Dios es Dios y yo no. Yo soy la criatura, y por invitación Suya puedo ser hijo de Dios y partícipe de la Trinidad». Algo que no tardó en comprender como «una propuesta radicalmente distinta».

Fue una larga batalla espiritual, en la que solo una de las cosmovisiones, la católica o la oriental, dirigiría la vida del joven. «Cristo venció. Conquistó mi corazón«, relata. Acto seguido, escribió a su alumna: «No puedo darte más clases porque soy cristiano».

Pese a que Javier era cada vez más consciente de los errores que había profesado durante su vida, conforme continuaba su proceso de conversión se dio cuenta de que «Dios se vale del mal para hacer el bien».

Solo así se explica que abrazase la fe, pues «el yoga me predispuso a buscar la verdad, a aceptar que hay una verdad más allá de lo que quiero que sea la verdad y pude recibir el Evangelio y la gracia de Dios. Me convertí y pude decir verdaderamente que era católico«, relata.

Durante las siguientes semanas, Javier se dedicó a cambiar por completo su vida: «Me tuve que quitar la cabeza y coger otra. Tenía formas de pensar, creencias y gustos completamente distintos y tuve que tirarlo todo a la basura rescatando lo poco bueno que había, recapitulándolo en Cristo: conservé la práctica de la meditación transformándola en Cristo a través de la oración, el rosario, la misa o el Vía Crucis, tratando de que no sea solo una repetición verbal».

Javier Melfi.

Javier fue bautizado siendo niño, pero no abrazó la fe hasta su conversión en 2019. 

En la Iglesia estaba lo que siempre había buscado

Desde que se convirtió, Javier encontró en la Iglesia la plena expresión de la espiritualidad que siempre había buscado.

Lo que más le impactó en un primer momento fue el carácter personal de la fe: «Dios es una persona, son tres, que están toda la eternidad amándose. Y no solo `está ahí´ como presencia espiritual, sino que es una persona que se encarna. Ahí está Jesucristo, andando y viviendo como nosotros, como una guía verdadera y perfecta para ir aprendiendo de Jesús cómo ama Dios».

También comprendió que, al contrario del intimismo de la cosmovisión oriental de replegarse sobre sí mismo hacia la nada, desde la fe «es Jesús quien se expande en ti mismo y lo que tú haces es poner tu fuerza de voluntad para dejar a Dios hacer las cosas y colaborar en amoldar tu propia voluntad a la de Dios, como María».

Los santos fueron otra pieza clave tras su conversión. «En el yoga y la Nueva Era hay muchas ideas, técnicas, cristales y sanaciones, pero al final es un gran mercado donde coges las cosas que quieres, pero todas son vanas e irreales con error y confusión. En la Iglesia yo encontré la Verdad, expuesta de mil maneras y en miles de santos, pero siempre la misma Verdad, el mismo Dios y la misma fe», añade.

La meditación fue otro de los grandes aspectos que nunca esperó encontrar fuera de la Nueva Era, pero como los demás, «fue un descubrimiento ver que tantas cosas que dejé atrás ya estaban en la Iglesia«, como la «meditación y mística grandiosas» que «nunca habría imaginado» que hallaría en la fe.

«Yo rezaba con otra fe y aún así, Dios me escuchó, me convirtió y me trajo a Él. Y en Él encontré la paz y  la alegría, con muchas incertidumbres y batallas, pero en paz, gracias a la oración. Solo Dios basta», concluye.

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