La implosión demográfica que se avecina

adminseptiembre 6, 20227min140
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A los medios sistémicos se les escapan a veces las noticias más importantes. Tal es el caso de esta novedad absolutamente sin precedentes: por primera vez en la historia del mundo, hay más seres humanos vivos por encima de los 65 años que por debajo de los 5 años.

Pensémoslo bien: en el mundo hay más ciudadanos de avanzada edad que niños pequeños. La cohorte de los abuelos excede a la cohorte de los nietos.

Este cambio demográfico es impresionante, sobre todo, en los países desarrollados, donde las tasas de fertilidad llevan cayendo continuamente desde hace años, al tiempo que los avances médicos permiten a los ancianos vivir más tiempo. En la mayoría de los países europeos, la tasa de natalidad está muy por debajo del nivel de reemplazo. En Estados Unidos, la población total estaría descendiendo de no ser por el enorme flujo de inmigrantes.

No es probable que la tendencia revierta pronto por sí misma. En Estados Unidos, la edad media a la que se casan las mujeres ha pasado de 25 a 28 años desde el año 2000. Lo que significa que la novia promedio empieza a escuchar el tictac de su reloj biológico casi nada más salir de la iglesia. Y si ella y su marido toman la decisión, tan común, de “posponer el embarazo” durante un tiempo hasta asentarse en la vida matrimonial, su fertilidad empezará pronto a decaer.

En los dos países más poblados del mundo, China e India, hay otra razón para esperar una escasez de nacimientos. Tras décadas de medidas agresivas de planificación familiar que desalentaban el nacimiento de niñas (alentando el aborto por selección de sexo), estos países tienen un número desproporcionado de jóvenes varones que, según el orden natural de las cosas, no tendrán hijos.

Así que los profetas del apocalipsis que advertían contra las nefastas consecuencias de la superpoblación estaban equivocados. Estaba equivocado Paul Ehrlich, el celebrado autor de La explosión demográfica, quien en los años 70 predijo hambrunas planetarias “independientemente del programa de choque que emprendamos a partir de ahora”. Incluso Pablo VI, en tanto en cuanto incorporó a la encíclica Humanae Vitae la inquietud por la superpoblación, estaba equivocado. El problema que habrá de afrontar pronto el mundo es la infrapoblación.

(Y mi difunto amigo Julian Simon, que hizo una devastadora crítica de la obra de Ehrlich en su libro El último recurso, tenía razón: el factor más importante que contribuye al progreso económico, y por tanto a la lucha contra la pobreza, es la creatividad humana, que tiende a crecer de forma natural cuantos más seres humanos haya para ser creativos.)

La población del mundo ha crecido a lo largo de la historia desde que hay registros, pero no de modo uniforme. Las guerras, las hambrunas y las enfermedades causaron caídas temporales. Pero el declive demográfico actual es distinto, pues cuando los ancianos superan en número a los jóvenes ya no hay forma de evitar una contracción masiva. Aunque los escolares de hoy tuviesen familias numerosas (lo que toda una generación de profesores empapados de propaganda sobre la “superpoblación” ya están diciéndoles que no deben hacer), es poco probable que produzcan niños suficientes como para compensar la inevitable pérdida de los Baby Boomers que se vayan muriendo.

Esos jóvenes arrastrarán además la pesada carga de cuidar de sus envejecidos parientes. Y ese peso -por no mencionar la impresionante deuda que países como Estados Unidos han traspasado a la generación posterior- lastrará su capacidad para producir nuevos bienes y servicios. Así que la contracción demográfica irá acompañada de una contracción económica. Lo que hará que muchos jóvenes padres de la próxima generación decidan que no pueden afrontar más hijos, agravando aún más esa doble implosión.

En este momento, la población mundial se sitúa en su máximo histórico, lo que permite a los fabricantes de mitos seguir vendiendo pánico sobre la superpoblación. Pero la tendencia, inquietante, puede apreciarla con facilidad cualquiera que quiera ver los signos de los tiempos.

Publicado en Catholic Culture.

Traducción de Carmelo López-Arias.

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