Perdió al marido con cáncer, a su hija y a su hermana, en un accidente: «Me salvó estar cerca de Él»

adminseptiembre 21, 202218min150
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Decía un sabio, que vivir es aprender a despedirse. La vida de la siguiente protagonista da buena cuenta de ello. Gloria Carús nació en México, pero lleva viviendo en Pamplona (España) desde hace 26 años. En poco tiempo perdió a su marido y a su madre, de cáncer; y a su hija, de diez años, y a su hermana, de 35, en un accidente de tráfico. Aunque pasó una temporada muy mal, su fe ha sido siempre el motor que le pone en marcha cada día. Hace unos días contó su testimonio en el canal de Youtube El Rosario de las 11 pm.

«Me enamoré de un chico, once años mayor, que vivía en Pamplona, y decidí venirme a España. Empecé a trabajar en un colegio mayor, y al año nos casamos. Tuvimos tres hijos, uno en 1998, otro en el año 2000 y otra en el 2002. En esa época no tenía mucho tiempo libre, además, estaba sola, mi familia (fuimos once hermanos) vivían todos en México», relata Bebuca, como la llaman de cariño, en su testimonio.

El guión empezó a ser otro

Sin embargo, un día todo se iba a torcer. «Cuando mi hija pequeña tendría tres o cuatro años, a mi marido le encontraron un cáncer de vejiga. Empezó con un tiempo de médicos, en el que la enfermedad aparecía y desaparecía. En el 2008 le quitaron la vejiga, y fue un momento muy duro para todos. Al año siguiente se complicó la cosa y le tuvieron que dar quimioterapia. Pasó un tiempo y parecía que mejoraba. Pero en el 2011, cuando tenía 50 años, le descubrieron un tumor cerebral«, relata Gloria.

El final de su marido se iba acercando y Bebuca, que por aquel entonces tenía 39 años, recurrió a su fe para soportar la situación. «Un día, después de la operación de la cabeza, se empezó a encontrar mal. Le ingresaron y, cuando le llevaron a planta, me dijeron que podía no volver a despertar. En ese momento me recorrió un calor de terror por todo el cuerpo. Siempre fui una persona católica y hablaba mucho con Dios. Le pregunté a Él que qué iba a pasar. Me veía sola, en otro país y con tres hijos», comenta.

Los médicos desahuciaron a su marido y Gloria entendió que el protagonista debía ser él. «Era el momento de acompañarlo hasta morir. Yo dejaba que le visitaran todos sus amigos, le ponía música clásica, y charlábamos como si estuviéramos en casa», recuerda. Y, entonces, Luis Arturo, su marido, se despidió. «Un día se empezó a agitar, pensé que iba a despertar, pero eran sus últimos momentos. Le pedía a Dios que no quería verle morir, me daba mucho miedo. Al rato empezó a sudar, y me dijo: ‘Bebuca me muero‘. Me aterré, porque estaba sedado», confiesa.

EnfermoCuando estaba sedado, su marido le confesó que se estaba muriendo (Foto: Pixibay).

La fe que había recibido Gloria desde pequeña jugó un papel muy importante en aquellos momentos. «Pensé que había que arrepentirse de los pecados, y recordé la promesa que le había hecho a mi marido el día de mi boda, ‘serle siempre fiel, en la salud y en la enfermedad’. No somos muy conscientes cuando pronunciamos esas palabras. Entonces, le dije que pidiera perdón a Dios por sus pecados y, a la Virgen, que le llevara en su manto», explica.

Se le iban dos grandes apoyos

Pero este conmovedor diálogo no terminaría ahí, y como aceptando su final, Luis Arturo diría unas últimas palabras. «Él se tranquilizó, y yo tenía la duda de si me había escuchado. Y, en ese momento, dijo: ‘Amén, amén, amén’. A las tres de la madrugada, la enfermera me dijo que estaba muerto. Le di las gracias a Dios de poder haber hablado con él. Desde entonces creo que es muy importante ayudar a la gente a morir bien», reconoce Gloria.

Como a veces ocurre en la vida, las tragedias no vienen solas. Mientras su marido entraba y salía del hospital, a la madre de Gloria, que vivía en Santander, le diagnosticaron un cáncer de pulmón con metástasis. «Siempre que podía le acompañaba a las quimioterapias, yo ya sabía lo que era aquello. Los dos se pusieron muy mal en poco tiempo, echaba de menos a mi madre, para que me pudiera consolar. Enterramos a mi marido y fui a verla al hospital, diez días después falleció ella», relata.

Gloria había perdido dos de sus grandes apoyos y necesitaba ayuda. «Mi hermana Carmen, que era soltera, me dijo que se venía conmigo a vivir, que me ayudaría con los hijos. Fue una época muy dulce, ella era muy alegre y me ayudaba mucho. Pero mi hija pequeña seguía muy triste, por la perdida de su padre. Un día, el sacerdote me dijo que los hijos eran de Dios, que le preguntara a Él: ‘¿y, ahora, qué vamos hacer con este hijo tuyo?’. Yo sabía que Dios no te abandona nunca. Que suple lo que tú no tienes», asegura.

AccidenteUn accidente de tráfico le iba a quitar a dos personas muy importantes (Foto: Pixibay).

Pero a Gloria le iba a llegar un segundo acontecimiento trágico en su vida. Había pasado un año de la muerte de su marido y se cumplía el aniversario de boda de sus padres. Su hermana Carmen había decidido viajar a Santander a visitar a su padre, pero antes llevaría a los sobrinos al colegio. «Estaba yendo a trabajar y me encontré con un accidente, reconocí que era mi coche. Parecía un golpe no muy fuerte, y no me preocupé, me puse el chaleco reflectante. Y, entonces, vi a mi hija tirada boca abajo. Fui corriendo y me di cuenta de que estaba muerta», comenta.

Una herida en el alma

Gloria iba a sentir, por segunda vez en su vida, aquel terrible y conocido escalofrío. «Mi hija solo tenía diez años, y otra vez sentí ese calor, de terror y realidad, que recorría mi cuerpo. Y, dije: ‘Dios mío, está muerta, pero Tú me la diste y yo te la devuelvo’. Eso no quiere decir que no sufra, tengo una herida en el alma, y las heridas del alma no se curan como las del cuerpo. Perder a un hijo es diferente, y yo lo sé», confiesa. Se quitó su abrigo y tapó a su hija.

Pero no estaban todos los que debían estar, faltaba su hermana y otro hijo más. «Vi a mi hermana tirada en el suelo, pero pensé que se había desmayado. Llegó la Policía y oí que había dos muertos, supe que uno de ellos era mi hermana«, explica. Gloría añade que fue un accidente y que no cabía hacerse suposiciones. «El día anterior mi hermana y mi hija se habían confesado», comenta Gloria con consuelo.

«Mi hijo Ramón tampoco aparecía y empecé a buscarlo, estaba debajo del otro coche. Me dijo que tenía una pierna rota pero que fuera a ver a Pilar. Yo le decía que ella estaba bien, no le quería decir que estaba muerta», reconoce. La recuperación de su hijo, más todo el sufrimiento acumulado anteriormente, mantenían a Gloria en un cansancio constante. «El cuerpo es un traidor que nos abandona, lo único que te sostiene es el alma«, afirma.

RosarioGloria asegura que, en el sufrimiento, el alma es el único que aguanta (Foto: Pixibay).

Alimentar el alma, para Gloria, era lo más importante que podía hacer después de haber sufrido tantas pérdidas. «Hay que tener el alma fuerte, no lo dejes para cuanto te vayas a morir, nunca sabes cuando va a ser ese día. En mi familia se murió mi marido con cincuenta años, mi madre con 70, mi hermana con 35 y mi hija de 10. Hay que tener un relleno fuerte para que cuando vengan los golpes no nos caigamos. Estar cerca de Dios es lo que me ha salvado», confiesa Gloria.

«Sé que no ha sido en vano»

La dramática situación vivida le empezó a afectar física y psíquicamente. «Estuve tres años de baja, no estaba bien. Cuando tocaba la revisión para incapacitarme de por vida pensé que no iba a trabajar más. Mi vida era ir a la cafetería a leer el periódico, ver escaparates… Han pasado varios años y, ahora, empiezo a ser más yo. No puede ser que Dios nos mande a la tierra para ser unos desgraciados. Yo soy feliz y tengo ilusión por ver a mis hijos crecer. Me reincorporé al trabajo, quería ser un buen ejemplo para ellos», relata.

Gloria tiene sus trucos para cuando tiene momentos de bajón. «Recuerdo a mi marido, cuando ya estaba enfermo, que le decía a todo el mundo que tenía cáncer y que rezaran por él, ya fuera en el restaurante o en la ferretería. Eso me parece muy bonito. Cada día es una lucha: los recuerdos, estar sola… Por más que esté rodeada de gente me falta mi marido», reconoce.

Lo que vivió con su marido, su hija, su hermana y su madre, le ha ayudado a fortalecer su fe. «Hay que confiar en Dios de verdad. No tener miedo. Confiar en Dios es no tener miedo, porque sé que Tú me vas ayudar», explica. Gracias a lo que había pasado, Gloria aprendió, también, a querer más a los demás. «Quiero querer a la gente, porque el dolor de cada uno no se puede comparar. Tu sufrimiento es igual de importante que el mío. El dolor es una cruz que hay que querer, aunque cueste y duela», comenta.

Para Gloria, la vida que tiene es la que necesitaba vivir, aunque muchas veces no lo entienda. «Algún día entenderé a dónde ha llevado todo este sufrimiento. Sé que no ha sido en vano. Puede que para sanar gente, sacar adelante a las almas… algún día lo veré. No pido cuentas a Dios. Veo que cada persona es alguien que puede sufrir dolor, y eso hace que los quiera escuchar. Mucha gente me busca, porque se identifican conmigo en el dolor. Yo he sufrido acompañada por Dios y por mi familia, pero hay mucha gente que sufre sola», concluye.

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