El Cristo de Quintero y el calvario de Tamara Falcó

adminoctubre 9, 20228min240
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Decía un genial escritor español que una cosa es «provocar» y otra muy distinta es que tus ideas, o tu forma de vivir, sean «provocadoras». Mientras el primero falsea sus creencias con tal de producir un efecto en el interlocutor, el segundo vive de acuerdo a lo que cree, aunque el mundo se retuerza de odio, tirria e indignación.

Nací en un tiempo en el que «en este país» las entrevistas en la tele se veían en familia, y en prime time. Personajes de lo más variopinto desfilaban orgullosos por las principales cadenas de radio y televisión. «Yo he venido aquí a hablar de mi libro», anunciaban algunos. Una simple mesa, dos sillas, y unos focos… servían al presentador para enganchar toda la noche con el espectador. Porque, en aquel entonces, a la palabra todavía le quedaba algún valor.

Políticos, deportistas, artistas, toreros, escritores, amas de casa… todos se convertían, a base de una entrevista tras otra, en auténticos semidioses de marca blanca. «¿Has visto lo que confesó este ayer en televisión?». «Cómo le pinchaba el presentador, ¿eh?». Sobre el plató, algunas veces, un auténtico ring de pesos pesados y, otras, es verdad, de lucha libre mexicana. Aquellas charlas me recordaban a los duelos medievales, dos hombres, dos palabras bien afiladas, y a dar titulares por las glándulas salivales.

Si hubo un señor de esa época, un caballero andante de los silencios y la palabra, un terrateniente, un profeta que guió como pocos a este rebaño de famosos, famosillos y famosuchos, ese fue don Jesús Quintero. Un maestro de la comunicación, para mí, el mejor de todos los tiempos, o bueno, del siglo XX. Un auténtico imán para los niños de mi época que, como yo, con un micrófono de cartón, le hablábamos a Stallone haciéndole creer que era mi hermano mayor. 

Fueron muchos los años en los que no falté a mi cita con Jesús. Me maravillaban aquellas entradillas, sus puestas de largo, ese control del miedo escénico sobre el plató, ese atrevimiento, en definitiva (esta vez sí) su genuina provocación. Siempre me atrajo su personaje. Sabía que, a diferencia de muchos impostores, debajo de Jesús Quintero estaba el Loco de la Colina. Los dos eran uno. Allí no había engaño. Era como se decía. Indomable, idealista, quijotesco, soñador. Y así se tuvo que marchar, con una muerte genial, a su altura, echándose un pedazo siesta en el veranillo de San Miguel.

«Si Cristo volviera, lo volverían a crucificar, pero esta vez en la televisión. Durante una temporada lo convertirían en un superstar (…), y luego lo arrojarían a la basura, como un clínex usado. A la primera noticia de que un tal Jesús de Nazaret andaba por ahí resucitando muertos (…), los productores de los más populares programas se darían de bofetadas por conseguirlo (…). Aparecería un Judas, que lo vendería (…), y un Pilatos, que se lavaría las manos, y un Barrabás que, sin ningún mérito, sería preferido por la chusma, que somos todos, una chusma veleta que volvería a pedir a gritos ‘que lo crucificaran'». 

Las palabras de Quintero, como aquel taconazo de Guti a Benzema, me hicieron levantarme del sofá. ¡Cuánta verdad acababa de decir, de Aquel Otro Señor! Y, pensé, ¿será que el espíritu y la materia nunca se pudieron llevar bien? Precisamente, hace unos días, haciendo zapping sin querer (como dicen todos), di con un programa de televisión, de esos que llaman de máxima audiencia. Y, allí, estaba ella, la mujer del momento: Tamara Falcó. Pero, esta vez, para mi sorpresa, la encontré extraña. Aquella sonrisa cándida ya no estaba. Su rictus derrochaba seriedad. Estaba nerviosa, temblorosa. Me provocaba bastante compasión. ¡Estaba a punto de pedir perdón!

Sobre el templo erigido al dios de la cancelación, el presentador iba enumerando lo que se había dicho de ella en los medios de comunicación. «Transfóbica», «homofóbica»…, y, así, toda una serie de epítetos, cada cual más estrambótico. Estaba claro, aquella criatura debía ser ofrecida a los pies de Moloch. ¿El delito? Decir algunas cosas sobre su fe. ¿La verdad? Haber hablado de una vida realmente provocadora. Cuando aquel laico tribunal mediático terminó de leer todos sus cargos, le permitieron, en su inmensa «bonhomía», poder decir sus últimas palabras. Pero, como ya ocurrió con aquel Pilatos, nuestra sentencia, para el mundo, siempre, siempre, está dictada. Mas nunca olviden, ¡también pagada! Quité la televisión y me dije, perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen… aunque mañana, «esa chusma veleta, que somos todos, volviéramos a pedir a gritos que lo crucificaran». 

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