Era 1964, cuatro jóvenes sin un duro se lanzan al Camino de Santiago con fe, y nos llevan con ellos

adminoctubre 20, 202215min200
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El veterano periodista Miguel Ángel Velasco, cuando está en su casa de Galicia, cada año ve pasar a jóvenes que realizan el Camino de Santiago. Él hizo el Camino con tres amigos periodistas católicos en 1964, desde la frontera francesa, y fue tomando notas.

Pasados 57 años, en pleno bienio Jacobeo 2021-2022, ha retomado aquellas notas y memorias y las ha puesto por escrito. El resultado es una crónica de viaje viva, El Manuscrito de Compostela, que nos hace viajar en el tiempo a la España de los años 60.

Juan Caño, uno de aquellos cuatro viajeros, se convertiría en 2019 en presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid. Escribe el prólogo y confirma que el relato «rezuma periodismo por los cuatro costados. Desde su estructura, hasta su escritura». Los otros dos caminantes, Homero Valencia y el sacerdote Manuel Unciti, ya finalizaron el camino de esta vida. Viven en Dios y en estas páginas.

El manuscrito de Compostela, de Miguel Ángel Velasco

El manuscrito de Compostela, de Miguel Ángel Velasco,  es un libro muy cuidado que nos transporta a 1964, cuando el Camino de Santiago era distinto, pero no tan distinto.

«Eran chicos entusiastas y arrolladoramente jóvenes: yo tenía 26 años; Manolo, 35; y Juan y Homero apenas 25″, escribe Velasco. Piensa en ellos ante los peregrinos jóvenes de hoy. «Veo todos los días, porque en la puerta de mi casa comienza el Camino de la Costa, la riada constante, jubilosa, de chicos y chicas con su mochila a la espalda, camino de Compostela. ¡Qué envidia y qué nostalgia!» 

Con este libro nos trasladamos a la España de los año 60, recuperando la alegría de aquellos jóvenes caminantes. A veces, Velasco lo contrasta con aspectos de nuestra actualidad, pero la mayor parte de esta experiencia de lectura es una inmersión costumbrista en peculiaridades de aquel Camino, y en otros aspectos del Camino que son de siempre, como el cansancio, la belleza del arte en las piedras, la sorpresa de la amistad con desconocidos… 

Las fotos y hasta algunos recibos nostálgicos nos ayudan a volar mágicamente a aquellos años. Los textos transportarán a quien haya recorrido alguna de aquellas sendas.

«La meta no es Compostela»

«La meta no era Compostela. La meta era, es, y será siempre Jesucristo, para todo aquel peregrino caminante que, digan lo que digan unos y otros, busca a Quien busca, y no otras cosas, en el Camino de Santiago», escribe Velasco en un prefacio. «El Camino, o es religioso, o no es nada que merezca la pena. Sin lo espiritual, lo más que podría ser el Camino es otra forma más de turismo».

Nadie tenía un duro… así que fueron a Manuel Fraga

Es cautivador el capítulo en que los peregrinos reconocen su absoluta falta de medios… y su solución. 

«Allí nadie tenía un duro. Homero vivía de la beca de El Corte Inglés, y yo, de la de las desaparecidas Galerías Preciados. Manolo era cura. Juan vivía aún con sus padres, que tenían la cafetería de la plaza de Santa Domingo», recuerda Velasco.  

«Llegamos hasta Fraga [Manuel Fraga, entonces ministro de Turismo], a quien le encantó que cuatro inminentes periodistas de la Escuela Oficial quisieran recorrer el Camino de Santiago, en vísperas del Año Santo Jacobeo. «Lo que pasa, señor Fraga, es que no tenemos un duro… eso sí, por cada sitio que pasemos haremos visita al periódico, a las radios locales y hablaremos del Camino». Le pareció de perlas a Don Manuel. Y, pocos días después, disponíamos de 25.000 pesetas de las de entonces… ¡Madre mía!»

«Qué moete tan templaico»

Al poco de salir, el 27 de junio, los peregrinos y los lectores entran en un diálogo de montaña de los años 60.

«En la borda del cruce, hay un rebaño de ovejas con su pastor, al que Manolo, que encabeza nuestra fila india, saluda: 
– ¡Ave María purísima!
– Sin pecado concebida -contesta el buen señor, con el que pegamos la hebra y el tiento a la bota de vino fresco.
– Si gustan… -nos dice alargándonos su petaca.
– ¡Gracias, gracias! Pero queda mucha subida como para fumar… -contesta el cura.
– Este ‘moete’ ¡qué ‘templaico’ es! -comenta el buen hombre, que se excusa cuando le decimos que el mocete templadico es cura». 

Caminar, cantar, comer opíparamente…

«Kilómetro tras kilómetro, unas veces de a cuatro, unas veces cantando, otras en silencio. Otras, rezando en voz alta, o para adentro, otra charla que te charla. Comer los cuatro opíparamente puede salirnos por 160 pelas del común«. Así era entonces la rutina del peregrino con fe.

«Da pena, pero mucha y muy grande pena, ir dejando atrás ruinas y más ruinas de ermitas, hospitales, monasterios de un gótico esbeltísimo que todavía alucina, pero todo lleva décadas abandonado, y las liebres y las perdices crían entre sus piedras y hierbajos», anotó Velasco en su libreta. 

En Hontanas entran en una tienda de «ultramarinos, pescadería, droguería, panadería, mercería». «En el mostrador hay unos prospectos en colorines con las películas que próximamente echarán en el salón parroquial, cuando el chico vaya trayendo en bici los rollos de pueblo en pueblo, y el hijo de la dueña colecciona, en una caja maravillosa que nos muestra, esos anuncios de películas». 

Culebras, lobos, pueblos sin luz eléctrica

«Una culebra de tamaño más que respetable se nos cruza, nada más iniciar la subida al monte Yrago. Ya nos pusieron sobre aviso los lugareños de Rabanal que echaban la partida de mus, sabrosísima por cierto en expresiones, en el bar donde habíamos comido:

– Vayan con tiento. Por esos montes hay de todo: desde culebras hasta lobos; ayer tarde mismo, una manada acabó con media docena de ovejas, entre El Acebo y Manjarín…»

«En Manjarín, de las 18 casas, sólo 6 están habitadas. No hay luz eléctrica, a causa de un tormentón reciente. Y la señora que nos acoge sería feliz, estoy seguro, si le dejáramos uno de los transistores que llevamos para que, al menos, pueda oír la radio, sobre todo en los largos días del invierno; pero, claro, tendrían que comprarle pilas cuando alguien baje a Ponferrada. Por otra parte, me convencen Juan y Homero de que no tenemos derecho a perturbar su paz habitual con las noticias de este sucio mundo». 

La italiana jovencísima y preciosa

Encuentran a Paola, «una jovencísima y preciosa chica italiana, que peregrina a Compostela», en el puente romano que daba acceso al viejo Portomarín. Les dijo que era de Venecia. 

– Vengo desde allí y estoy en el Camino desde hace dos meses ya…

«Hablando, hablando…, acabamos enterándonos de que el Camino le ha servido para tomar la decisión de su vida: cuando vuelva a casa, ingresará como monja de clausura en el Carmelo. Lo tiene clarísimo, irrevocablemente decidido. Deja a su familia, a su novio, deja la universidad y emprende una nueva vida, en respuesta a una inequívoca interpelación interior. Ella nota nuestro afecto y admiración, y sonríe feliz cuando le aseguramos nuestra oración ante la tumba del Apóstol, por ella y por su vocación».  

La experiencia ante la urna del Apóstol

Los peregrinos llegaron a Santiago tras aventuras y vicisitudes. Allí Velasco reflexionó ante la tumba del Apóstol. 

Miguel Ángel Velasco es un periodista veterano

Miguel Ángel Velasco es un periodista veterano; en este libro recupera las notas de su viaje de 1964 y nos permite viajar en el tiempo.

«Si alguien me pidiera que le explicase qué se siente en aquella cripta, de rodillas ante la urna de plata que contiene los huesos de Santiago Apóstol, los resumiría quizás en tres palabras: universalidad, catolicidad, perennidad. Y una cuarta; tradición. Bueno, y luego muchas más: alegría, fe, esperanza, verdad, lealtad, seguridad, amistad, confianza… Pero eso, luego. Y todo junto, todo a la vez». 

¿Para qué hacer el Camino?, plantea hoy, como ayer, el veterano periodista, y aquí cronista de viaje. La respuesta es contundente: «Para llenar de sentido, de significado, de plenitud, nada menos que tu vida». 

El Manuscrito de Compostela (LibrosLibres) tiene 220 páginas, se puede conseguir en librerías y aquí en OcioHispano

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