Raptada casi 5 años, huyendo bajo las bombas… «Que nadie tenga miedo», dice Gloria Narváez

adminoctubre 22, 202218min240
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Hay personas que ayudan a las misiones y misioneros desde su casa, con oración, o con donativos generosos.

Y hay personas que van a la misión, son secuestradas, mantenidas cautivas durante años y golpeadas, y quieren volver. No hablamos de heroicos mercedarios medievales ni jesuitas entre los iroqueses del s.XVII, sino de misioneros de hoy, como la hermana Gloria Cecilia Narváez, colombiana de la Congregación de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, misionera en Malí, donde pasó más de cuatro años secuestrada desde febrero de 2017 por un grupo yihadista. Fue liberada hace un año, en octubre de 2021, y ha dedicado este tiempo a contar su historia de fe y resistencia.

Gloria Cecilia Narváez, recién liberada, con el cardenal Zerbo, de Bamako

Gloria Cecilia Narváez, recién liberada, con el cardenal Zerbo, de Bamako, en octubre de 2021.

«Me dijeron que me secuestraban por mi religión»

«El jefe de los secuestradores me dijo que me secuestraban por mi religión», explicó la religiosa a ReligionEnLibertad, en su paso por Madrid para recibir un Premio Domund de OMP.

«El jefe me dijo: ‘este es un país musulmán, tienes que convertirte al Islam. No queremos dinero, sólo queremos hablar con el presidente de Malí’. Eso es lo que me repetían».

Ella sospecha que muchos de los secuestradores de aquel grupo eran árabes o de otros países, porque no tenían, ni de lejos, la piel tan negra como es común en Malí. Algunos jefes musulmanes de la zona no estaban nada cómodos con las bandas yihadistas.

«Me escapé varias veces, pero ellos tenían vehículos y siempre me atrapaban en el desierto. Conocí a un jefe local, maliense, que era un musulmán honesto y religioso. Él estaba intentando ayudar a que otra secuestrada, una cristiana protestante, pudiera volver a su país. Conseguí acercarme a él. ‘Jefe, ¿por qué no me ayuda a que me liberen? Esta gente es muy violenta’, le dije. Él fue quien me ayudó a salir del desierto y me entregó al presidente de Malí».

Las circunstancias de la liberación de Gloria Cecilia, tras cuatro años y 8 meses de cautiverio, siguen sin estar claras, pero parece que sus secuestradores la intercambiaron, y a otros cautivos, por alguno de sus hombres que estaban encarcelados.

Azotada por rezar

Un día, al principio del cautiverio, en su primera o segunda semana, salió al límite del campamento a contemplar el desierto y rezar en voz alta unos Salmos. «Vino un jefe con un trozo de manguera de plástico y me pegó, como con un látigo. Yo le dije: ‘jefe, si hice algo malo, perdóneme y dígame’. Pero el seguía pegándome y luego ya me puso cadenas. Otra de las secuestradas me dijo: ‘es por tu religión, porque rezas’. Y dije: ‘pues yo voy a seguir rezando, soy una religiosa y hago mis oraciones’. Después el jefe me interrogó. ‘¿Rezarás las oraciones del Islam?’ ‘No, yo soy una religiosa católica, y rezo mis oraciones’. Y me insultó mucho, pero ya no me azotó más. Yo, desde entonces, rezaba, pero con más prudencia».

«Después, otras secuestradas se alegraron de rezar conmigo, de escuchar los Salmos, ver mi medalla, mi anillo… eran signos que ayudaban. Hoy digo que todos vivimos experiencias duras, y debemos expresar nuestros sentimientos a Dios, y eso dará paz a nuestro corazón. Él nos sanará con su presencia en la oración confiada e incesante», añade.

Tras su liberación, Gloria Cecilia Narváez fue recibida por el Papa Francisco

Tras su liberación, Gloria Cecilia Narváez fue recibida por el Papa Francisco.

Fuerza real y poderosa en la oración

La religiosa colombiana durante 56 meses no tuvo acceso a la Biblia, ni a los sacramentos, ni a un crucifijo… Sólo tenía su medallita y las oraciones y partes de la Biblia que recordara de memoria. Con ellas rezaba y también con una espiritualidad minimalista, de agradecimiento ante la belleza de la naturaleza. Una espiritualidad del desierto.

«Yo oraba confiada, y sentía que la presencia de Dios se elevaba como el sol. Yo lo sentía así en mi interior. Cada día hacía comunión espiritual, rezando aquellos Salmos que me sabía de memoria, como el Salmo 22. Los recitaba y saboreaba, despacito: El Señor es mi pastor, nada me falta… Una vez vi una serpiente grande y recé con el Salmo 91: El que habita a la sombra del Altísimo… pisará sobre leones y serpientes. Yo sentía que Dios me libraba de peligros. «Sálvanos, Señor, que perecemos», como los Apóstoles en la barca. Y «Señor, aparta de mí este cáliz». Y escuchaba la voz de Dios en el silencio, un silencio que fue mi escuela de oración«.

Ser constructora de paz bajo los insultos

Como Hermana Franciscana también se apoyó en una espiritualidad de la docilidad. «Si te azotan, bendícelos; no devuelvas mal por mal. Yo callaba y amaba aunque era odiada. Perdonaba cuando me insultaban. Tenía que ser luz en esa oscuridad, vivir las Bienaventuranzas y la «oración de la paz» que dicen que es de San Francisco. Mi cuerpo estaba secuestrado, pero no mi corazón ni mi espíritu», detalla. Seguía la enseñanza de la Madre Caridad, fundadora de su congregación: «Callad, para que Dios nos defienda».

Gloria Cecilia recuerda que los islamistas, para recitar sus rezos, ponían ante sí su metralleta. «Yo, en cambio, ponía ante mí las manos ante Dios».

También se apoyaba en la belleza de la Creación y un espíritu agradecido. «La contemplación de los amaneceres, las noches estrelladas, una pequeña flor… Yo daba gracias por esa belleza, y recibía de Dios paz y serenidad», recuerda.

Cuando caían las bombas sobre todos

Hubo momentos en que sus vehículos eran atacados por helicópteros y por drones, que les tiraban bombas. Nunca supo si eran del gobierno o de otra facción o grupo.

«Bajo las bombas y tiroteos, huyendo todos, yo veía que los secuestradores temblaban de miedo y yo les decía: ‘Jefe, no tiemble, que Dios es grande’. Rezaba para que ninguno muriéramos en esas persecuciones y disparos a toda velocidad. ‘Señor, que no nos muramos, ni yo ni ellos, que la protección de la Virgen nos guarde'».

Con el Domund, las misioneras llegan a mucha gente

La hermana Gloria Cecilia fue misionera varios años en Benín, el país del vudú, y ya en 2010 pasó a Malí, donde casi todo el mundo es musulmán. En ambos lugares ha comprobado que las ayudas del Domund se multiplican a través de los proyectos misioneros.

Gloria Cecilia y otras hermanas con niños en la misión de Malí

Gloria Cecilia y otras hermanas con niños en la misión de Malí.

«En Benín, con donativos de Obras Misionales, manteníamos un hogar para cien niños, que podían así comer, dormir, levantarse con agua potable al lado y recibir educación. Luego, en Malí, esas ayudas nos sirven para sostener un orfanato para niños enfermos, que nacen desnutridos o con enfermedades graves, durísimas. En aquellas culturas a un niño con deformidades le consideran una bestia», explica.

«También nos dedicamos a enseñar a mujeres a leer, escribir, talleres de manualidades, crear talleres… Una mujer alfabetizada es completamente distinta. Gana en seguridad, recibe con alegría su diploma, organiza una fiesta e invita a los jefes, al imán. Cuentan con orgullo como madrugan, preparan las tareas del hogar, y luego vana su curso. Aprenden a leer y hacer cuentas y con eso ya pueden mantener pequeños negocios y ventas. La mujer musulmana es muy honrada y cuidadosa en eso. Todos los microcréditos los devuelve y les da rentabilidad», detalla.

La hermana Gloria Cecilia con las mujeres a las que enseñan a leer, contar y organizarse

La hermana Gloria Cecilia con las mujeres a las que enseñan a leer, contar y organizarse.

El ejemplo de los misioneros toca muchos corazones en África. «Yo quiero ser de la religión de ese sacerdote», dicen unos. «O yo quiero ser buena, como las hermanas, dicen muchas muchachas». En Malí, en la fiesta de la Virgen de África, el 22 de noviembre, acuden en peregrinación musulmanes y autoridades y el Ministro de Cultura hace un discurso y agradece el trabajo de los misioneros, explica Gloria Cecilia.

«Veo mucha esperanza en África, hay muchas vocaciones para el servicio misionero, muchas chicas de esos países que se sienten llamadas a servir a la misión, y jóvenes llamados a ser sacerdotes», añade.

Mientras explicaba esto a ReL, Fides publicaba las cifras de católicos en África: el doble que veinte años antes, hoy son unos 260 millones. La Iglesia en África tiene casi 78.000 escuelas, y cada año abre 1.700 escuelas más. Educa a unos 26 millones de menores de edad en sus escuelas africanas, y cada año incorpora medio millón más. Es un esfuerzo colosal, que solo se sostiene con la generosidad de donantes y misioneros.

¿Miedo a ser misionero?

Hay familias que escuchando estas historias de secuestros y bombas tengan miedo a que sus hijos se hagan misioneros. Pero la religiosa colombiana tiene un mensaje tranquilizador para ellas.

«Que nadie tenga miedo. ¡Dios nunca nos abandona! Es bonito que una familia pueda dar una vocación. Mi vocación se cultivó en mi familia. Una familia debe dar ejemplo, como voluntarios, como consagrados, en tantas formas de misión... También los apóstoles tenían miedo, pero el Señor les dijo: ‘Yo siempre estoy con vosotros’. Yo viví cuatro años muy duros, sí, pero siempre llena de esperanza y de pasión».

Los misioneros que han estado en África siempre desean volver. Ella no sabe si le va a tocar volver a África o quizá pase a una misión en la Amazonia colombiana. Como siempre, la mies es mucha y se necesitan más obreros.

Lea AQUÍ en Fides las estadísticas completas sobre La Iglesia Católica en 2020, presentadas en 2022.

Apoye a los misioneros católicos en todo el mundo y sus comunidades con un donativo al Domund AQUÍ.

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