Lo razonable, el mito del progreso y la Iglesia de hoy

adminoctubre 26, 202219min290
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La realidad material existe. La vemos, la tocamos, la usamos, la comemos, la estudiamos… Observamos que esa realidad material, más deprisa o más despacio, se descompone. A veces delante de nuestras narices. El Universo en su conjunto tiende a la expansión, al enfriamiento y a la desintegración. Según la termodinámica lo hace, además, de forma irreversible (entropía).

La Causa Primera

Esto quiere decir que la materia no es eterna hacia el futuro y, por lo tanto, tampoco hacia el pasado. Si tiene un fin, necesariamente tiene un principio, ya que, si no tuviera principio, pero sí fin, inexorablemente su fin habría llegado ya y no habría nada. ¡Pero hay! La existencia existe. Igualmente, evidente es que la realidad material no tiene la explicación de su existencia en sí misma, ni en su origen ni en su permanencia en el ser. La nada no puede ser causa de algo. Esto implica que debe haber “Algo” no físico, persistente y fuera del tiempo, que es capaz de crear de la nada y de mantener las cosas en el ser, porque la existencia es lo esencial en Él (Yo Soy el que Soy).

Experimentamos la existencia de seres personales, seres vivientes no cerrados a sus mecánicos instintos, sino abiertos. Abiertos a la relación personal, a la elección y potencialidad más variopinta, al conocimiento sin restricción y al amor insaciable. Estos seres somos nosotros, las personas. Esto exige que ese Algo que es causa de la existencia sea, por lo menos, personal. Nada ni nadie puede crear nada que sea de orden superior a sí mismo. Para poder crear algo hay que participar de ello y, necesariamente, estar ontológicamente por encima. Para crear personas hay que, mínimo -si se me permite- gozar de la experiencia. Luego, ese Algo realmente es Alguien. Según lo dicho, no repugna a la razón más básica que exista un Dios no material, persistente, creador y de carácter personal. Es mucho más difícil y artificioso buscar otras explicaciones.

También es lógico pensar que, si el hombre es capaz de amar, por lo expuesto hasta ahora, el Dios que venimos argumentando tiene que ser fuente de Amor. Es inexplicable la existencia del Amor si no es generado por el Amante. Del mismo modo, sería realmente extraño e inicuo por parte de ese Dios que, siendo él mismo fuente de Amor, se mantuviera completamente al margen de su amada creación. Por eso, entre otras cosas, la autorrevelación por parte de Dios a sus criaturas muy amadas es lo esperable. También es esperable que esas ansias de permanencia, de justicia y de amor en plenitud grabadas en el corazón del hombre por su Creador, tengan su consecución y su consumación trascendente. Esa apertura a la relación personal, a la libertad, al conocimiento y al amor, que además son insaciables, deben tener un Objeto suficientemente colmante, más allá de las pobres criaturas limitadas y finitas con las que convivimos.

En este contexto, si Dios es el creador de lo existente, desde el electrón hasta el Universo entero, desde el vacío cuántico hasta los seres personales, desde el abismo hasta la gloria, Él debe conocer hasta lo más íntimo el funcionamiento de lo existente, el cómo debe usarse y el cómo debe comportarse esta realidad aún no plena, para llegar a plenitud. En la revelación que Dios hace de sí mismo, con su pedagogía divina, va desarrollando el “manual del usuario” para que seamos capaces de alcanzar nuestro fin aquí y en la existencia venidera.

Hasta aquí lo que parece razonable.

La distopía del progreso

El mito del progreso por su parte no cree en Dios, y si lo hace, cree en un dios arquitecto, al estilo gnóstico o masón, GADU (Gran Arquitecto Del Universo), ni implicado ni amante, que fabrica y se olvida. Para el hombre pagado de sí mismo un Dios mal entendido -como una «suegra metete»- es muy molesto. Esto explica la encarnizada lucha de una parte de la ciencia actual por demostrar que lo existente se explica a sí mismo. Como un Dios implicado molesta, este mito está obsesionado en que el hombre con sus solas fuerzas y su sola razón logrará la “salvación”. Esa “salvación” que, según algunas visionarias teorías, envolverá -pobres idiotas- al Cosmos entero.

Pese a su carácter global, evidentemente, esta “salvación» no se ofrece a todos por igual, sólo a unos elegidos y/o a los que estén allí cuando se logre -matiz muy protestante-. Se logrará con una organización social “optimizada” (diversa, inclusiva, autodeterminada, sostenible, suprasexual, insumisa… o, más bien, eugenésica, canceladora, egoísta, predadora, hipersexualizada, totalitaria…), con una reducción y control de la población mundial neomaltusiana, con una tecnología superdesarrollada (mezclando lo humano con la máquina) y con un hiperdesarrollo de la mente humana. Parece una novela de ficción distópica, pero no lo es. Es el objetivo final del progresismo. Todo progresista tiene en su mente la idea de que, el día que se impongan las cosas como su ideología dicta, llegará la «salvación» para el hombre y para el Cosmos.

Como sólo algunos poderosos y sus muy numerosos seguidores creen en esto, hay que imponerlo por la fuerza. Entiéndase fuerza como propaganda, inyecciones de dinero, organismos supranacionales, chiringuitos de diversa índole, controlando la educación y los medios, partidos políticos llenos de marionetas, politicastros inicuos, induciendo migraciones masivas, desviando la atención, pervirtiendo, cancelando, extorsionando, asesinando, generando guerras…

Probablemente desde los faraones hasta hoy haya habido, con mayor o menor ambición, muchísimos intentos de esto en la Historia, todos muy malogrados. La historia se repite y lo confirma obstinadamente. Así, algunos de estos intentos han colapsado por decadencia del propio sistema, otros, los más siniestros, por horrenda barbarie insostenible. De aquí esa ansia progre por modificar o borrar, si en sus manos estuviera, la Historia.

Además, como es imposible poner a todo el mundo de acuerdo -lo vemos en algo tan nimio como una junta de vecinos-, a la postre, la idea final es un régimen carcelario en el que todos pasemos por el aro y en el que habrá que pedir permiso hasta para defecar, pues los vientos dañan la atmósfera, o para “hacer el amor”, pues puede generar nuevas vidas. Todo ello muy perjudicial para el “interés general”. Como todo progresismo, café para todos. La verdad se propone, pero lo perverso hay que imponerlo.

El dique de contención

La Iglesia católica siempre ha sido el bastión que mantenía en pie la Verdad contra la mentira. El enemigo a batir. Sus enemigos lo sabían muy bien. Pero, ¿puede ser que estén llegando tiempos distintos en los que la propia Iglesia se debata internamente entre adherirse a la Verdad revelada sin restricciones -esa Verdad razonable que exponíamos al principio con su «manual del usuario»- o adherirse al mito del progreso? Lo que está en juego es si el camino seguro hacia la felicidad aquí y, después hacia el cielo, ha de ser según el plan de Dios o lo construyen los hombres con sus opiniones y puntos de vista, ya vistan de calle, de negro, de marrón con capucha, de morado, de rojo o hasta de blanco.

Me estoy refiriendo al Camino Sinodal Alemán y a lo que se filtra del Sínodo de la Sinodalidad. «Aquellos de los que nunca hablamos» en según qué foros. Desde luego, muchos cristianos están a por uvas.

Jesucristo muchas cosas las explicó en parábolas, dejando cierto espacio a la interpretación, pero hay cosas que no. Por ejemplo, cuando dice que el que se divorcia se expone a cometer adulterio y el que se casa con una divorciada comete adulterio, lo dice con todas las letras en tres de los cuatro evangelios -¡mayoría absoluta!- (cfr. Mt 5,32; Mc 10,11-12; Lc 16,18), sin opción a la duda. ¡Claro y contundente! Ni los curas, ni los obispos, ni los Papas pueden cambiarlo, aunque se empeñen, sin falsear la verdad proclamada por su mismo hacedor. Algunos alegan: una persona divorciada sin culpa tiene derecho a realizarse en su vida. Por supuesto: ¿según los caminos de Dios o según el deseo de los hombres? ¿Según las palabras de Cristo o según el mito del progreso? No olvidemos que San Juan Bautista y Santo Tomás Moro dieron su cabeza por esto. Una persona certeramente casada, que es una sola carne con su cónyuge, aunque éste no haga ni aparecer, tiene el mismo derecho a volver a casarse con otro que un manco a que le crezcan brazos nuevos. Suena duro, sí. ¡Para el manco también! Pero la vida es así. Con sus luces y sus tinieblas. Con sus alegrías y sus cruces. El dolor, el sufrimiento, la muerte… existen, el mito del progreso no los cura. Dios es infinitamente bueno y el mejor consolador, y sabe más.

Si seguimos por este derrotero buenista, que obsesivamente busca el consuelo inmediato y siembra la duda sobre la bondad de Dios, cualquier día me celebrará misa una tipa disfrazada de obispo y me lo tendré que creer -¡pues va a ser que no!-, o un purpurado no binario. Entiendo que los ángeles sean no binarios, pero los cardenales no. También tendremos santos hindúes, budistas, ateos… Ya están en ello. ¿Por qué no «grandes simios» si se tercia? Si se abre la puerta, todo es posible.

La gracia o el cisma

Uno de los problemas está en que hemos perdido la fe en la gracia santificante como salvoconducto para el cielo y en que el pecado mortal la expulsa del alma. Ya seas laico, consagrado, cura, obispo, cardenal o Papa, si crees y enseñas que es bueno lo que es objetivamente contrario a la ley natural y a la ley de Dios, pecas. Y si la materia en cuestión es grave, pecas gravemente, o sea, mortalmente. «Al que escandalice [confunda e incite a pecar] a uno de estos mis pequeños, más le valdría encajarse al cuello una piedra de molino y echarse al mar» (Mc 9,42). No es una parábola. No hay palmaditas a la espalda, hay rueda de molino encajada al cuello y hay mar… ¡Así nos va!

Parece que en parte de la jerarquía alemana y en la de muchas otras partes del mundo, y en muchos consagrados y laicos, la gracia santificante brilla por su ausencia. He visto los efectos de su ausencia en mí durante largos años y los veo en mi tierra. Son demoledores. No se confiesa nadie desde hace años, porque los curas ni creen en la gracia ni están en gracia. Paralelamente, desde hace mucho, no hay bautizos, primeras comuniones, ni confirmaciones. Evidentemente, tampoco hay vocaciones.

El Concilio Vaticano II proclamó la llamada universal a la santidad para todos los bautizados como acicate para luchar por ser santos de verdad. Esto no significa que todos, al estilo progre, seamos ya santos hagamos lo que hagamos, porque papá-estado, en este caso teórico mamá-Iglesia, administre la santidad a modo de subsidio del paro a cambio de comisiones ideológicas.

Este es el cisma que se nos viene encima. Si no lo paramos los cristianos de a pie, no tengo muy claro quién lo va a parar. Sin duda, es preferible una Iglesia muy pequeña y muy santa que una «iglesia» grande pero lacaya del mito del progreso. ¡La Iglesia es la esposa de Cristo, cometería adulterio si se casara con otro!

Muchos están ya hartos de tanta confusión, dimes y diretes, y perversión perversa. Pero nunca hay que poner un punto final donde Dios ha puesto solo una coma. Donde más tinieblas hay, hay más hueco para la Luz. Donde más mal hay, hay más espacio para la acción de Dios. Nunca debemos tener miedo ni perder la esperanza.

Pero, eso sí, una vez más, o somos heroicos o somos el enemigo.

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