¿Hijos de parejas homosexuales, sin padre o madre? Jean, ex lesbiana, avisa del dolor que les espera

adminoctubre 31, 202227min160
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En Estados Unidos, la Cámara de Representantes aprobó el 18 de julio, por una amplia mayoría (lo que incluye todos los demócratas y numerosos republicanos), una ley federal que busca blindar el matrimonio entre personas del mismo sexo ante una posible reversión por el Tribunal Supremio de la sentencia Obergefells que lo convirtió en 2015 en un derecho constitucional. La ley se votará en el Senado tras las elecciones de mitad de mandato del próximo 8 de noviembre, donde los republicanos podrían romper el empate actual y, eventualmente, bloquear su recorrido.

En un artículo publicado en Public DiscourseJean C. Lloyd, profesora, escritora y madre de dos hijos, quien vivió durante un tiempo una vida lesbiana, analiza las consecuencias para los niños de las nuevas formas de reproducción que abren la posibilidad de ‘tener hijos’ a personas del mismo sexo.

La «Ley de respeto al matrimonio» perjudicará a los niños

¿Eres mi mamá? El clásico de P.D. Eastman era uno de los libros favoritos de mi infancia. Cuenta la historia de un bebé pájaro que sale del cascarón justo cuando su madre vuela en busca de comida. Decidido a encontrarla, sale en su búsqueda. Desde el gatito hasta la vaca, pasando por el remolcador y la excavadora, el polluelo plantea repetidamente la quejumbrosa pregunta. Su desconcertante búsqueda termina con un feliz reencuentro y con él de vuelta en el nido, bajo las alas protectoras de su madre.

Portada de '¿Eres mi mamá?'

‘¿Eres mi mamá?’ de P. D. Eastman. Un cuento que tiene mucho que ver con la realidad.

Yo he sido esa cría de pájaro. Cuando era un bebé, me adoptaron en una familia cariñosa con unos padres entregados. Estoy eternamente agradecida. Al mismo tiempo, desde la anciana profesora de piano hasta la adolescente voluntaria de la Escuela Bíblica de Vacaciones, pasando por cualquier mujer cuya amabilidad me haya conmovido significativamente, hice la misma pregunta: «¿Eres mi mamá?».

La adopción se revela como un regalo para ambas partes, pero existe para reparar algo que en el orden natural de las cosas nunca ocurriría. En un mundo perfecto, los niños nunca serían separados de sus padres. Aunque la adopción es una hermosa redención, siempre es una respuesta a la tragedia. Como escribió un terapeuta, «la adopción es una crisis vital importante cuyo impacto, tanto en su momento como con el paso del tiempo, a menudo se ha pasado por alto… Cuando se ignoran los temas relacionados con la adopción, los terapeutas colaboran inadvertidamente con el mensaje tácito, poderoso y destructivo, de que la adopción no significa nada».

La honestidad sobre las repercusiones de la adopción ha mejorado mucho a lo largo de los años. Sin embargo, con respecto al matrimonio y las estructuras familiares alternativas, el mensaje deshonesto continúa: separar a los niños de sus padres no importa.

La Ley de respeto al matrimonio (RFMA, por sus siglas en inglés: Respect for Marriage Act) consagrará aún más la afirmación legal de las estructuras familiares y «matrimoniales» no tradicionales mediante la legalización federal del matrimonio entre personas del mismo sexo y otros acuerdos de pareja. La RFMA ya ha sido aprobada en la Cámara de Representantes de Estados Unidos, y el Senado la votará después de las elecciones de mitad de mandato. Si se convierte en ley, permitirá recoger en la ley federal derechos parentales para las parejas casadas del mismo sexo. Esta disposición pretende proteger a las parejas homosexuales, pero al hacerlo consagra legalmente la negación de que los niños necesiten tener una madre y un padre. Tanto a través de la adopción como de la reproducción artificial (ART, por sus siglas en inglés: Artificial Reproductive Technology), la paternidad del mismo sexo y otros acuerdos modernos dividen y a veces incluso erradican los vínculos maternos y/o paternos que los niños necesitan para desarrollarse. Al privilegiar el «derecho» de los adultos a ser afirmados en sus deseos, perjudicamos aún más a los niños.

Estructuras familiares: cuanto más se multiplican, más dividen

Mi propia historia es un ejemplo de cómo la reproducción asistida y las estructuras familiares no tradicionales perjudican a los niños. En mi búsqueda de mi madre biológica, la agencia de adopción fue mi primera parada. Absorbí cada palabra mientras Billie, la misma trabajadora social que me había encontrado un hogar dieciocho años antes, leía la información en mi expediente. Mis padres habían salido juntos en el instituto y en la universidad, se habló de compromiso y luego llegó la crisis del embarazo que me llevó al hogar de madres solteras en el que ahora me encontraba. Intenté moderar el ansia de mi pregunta: «¿Me abrazó?«. Billie hizo una pausa, dejó mi expediente y suspiró: «Todo el mundo me hace esa pregunta«.

Dos años más tarde, conseguí consultar mi partida de nacimiento original. Temblé al abrirla y leer el nombre de mi madre. Había un espacio en blanco donde debía estar el nombre de mi padre. Pero un espacio en blanco no significaba que no tuviera un padre: yo existía gracias a su unión. Mi madre no puso su nombre porque estaba enfadada con él por «eludir su parte de responsabilidad», como escribió en los formularios de admisión de la maternidad. Sabía que acabaría encontrándolo. Mis padres biológicos habían tenido una relación; había una vida compartida y sus familias se conocían. En nuestro primer y único encuentro, mi madre me dijo quién era mi padre.

Con respecto a las «familias modernas» y el uso de la reproducción asistida, no puedo imaginar el dolor y la pugna interior añadidos si hubiera estado buscando el número de un donante -un hombre al que mi madre nunca habría conocido-, buscando, no las conexiones familiares, sino los registros de la clínica y el laboratorio, si mi concepción hubiera procedido de un padre que hubiera vendido un frasco de su esperma.

Un escenario aún más doloroso para mí habría sido descubrir que mi candente pregunta, «¿Eres mi mamá?», podría haber sido respondida con un «sí» por más de una mujer. Que mi búsqueda podría haber sido de una madre «genética», de una mujer que donara o vendiera sus óvulos y, potencialmente, de una madre «gestacional», si mi madre adoptiva no hubiera sido la receptora de la FIV [Fecundación in vitro] que me llevó en su seno. En el caso de las mujeres que compran óvulos, «externalizan» el embarazo y luego crían al niño, este tiene tres madres. La multiplicación de los acuerdos familiares modernos y las opciones tecnológicas dan lugar a más formas de dividir a un niño.

Dibujo de dos lesbianas con un hijo.

Imagen: Moondance / Pixabay.

Me estremece saber que, a pesar de mi propia historia, fácilmente podría haber infligido daños similares a mis futuros hijos cuando me identificaba activamente como lesbiana. En aquella época, nunca me preocupó no poder tener hijos porque sabía que lo único que necesitaba era un donante de esperma. ¿Cómo pude pensar tan alegremente en crear a mis hijos «sin padre»? Pues pensando únicamente en mi deseo de tener hijos, y no en sus necesidades o su futuro bienestar.

Mis amigos de entonces tenían una mentalidad similar. Al hablar de su novia, mi amiga Beth me decía: «Veo a mis hijos no nacidos en sus ojos».  Por mucho que ella deseara esto, no era cierto. Beth y yo no sabíamos entonces que la tecnología moderna inventaría un «nuevo modelo de familia» para multiplicar a la madre y así dividir al niño, acercándonos al mundo que deseábamos en aquel momento.

Dividir al niño

Este «nuevo modelo de familia» emplea la técnica de «recepción de óvulos de la pareja» (ROPA, por sus siglas en inglés: Reception of Oocytes from Partner). La técnica ROPA, de la que España fue pionera, consiste en que los futuros padres sean parejas de lesbianas: una mujer es la donante de óvulos y la otra la madre de alquiler gestacional. Los investigadores de familias lesbianas planificadas describen la ROPA como el cumplimiento del «deseo de una pareja de lesbianas de concebir un hijo juntas (aunque siguen necesitando la contribución de un donante de esperma) mediante un vínculo genético y biológico combinado». Esta «maternidad compartida por FIV» ha sido descrita como una «opción de tratamiento aceptable, exitosa y segura para las parejas de lesbianas con medios económicos». Cuando pienso en los niños cuyo vínculo materno primario está dividido y repartido o en las historias de niños concebidos por un donante de esperma que anhelan un padre, me pregunto: aceptable… ¿para quién?

Llamar a la ROPA «opción de tratamiento segura» es otra mentira destructiva. Estos informes elogiosos no mencionan que este nuevo modelo de familia supone un mayor riesgo de daños graves -incluso la muerte en algunos casos- de los miembros de la tríada: la donante de óvulos, la madre de alquiler/la madre gestante, y el niño concebido y gestado por ART. Sean cuales sean nuestras intenciones, no podemos mostrar nuestro amor más elevado si nos ciega el deseo de cosas que son perjudiciales tanto para nosotros como para nuestros seres queridos.

El divorcio generalizado es un mal social que se achaca a las parejas heterosexuales; generalmente se reconoce el daño causado a los niños que se reparten entre la casa de mamá y la de papá, pero ese daño se racionaliza con demasiada frecuencia e incluso se inflige con displicencia. Sin embargo, ese desplazamiento del hogar que tradicionalmente se lamenta en el divorcio, ahora se celebra como una nueva forma de «coparentalidad». Los hijos de estos arreglos comienzan la vida divididos entre dos casas paternas, y cuando se produce la ruptura, pueden experimentar incluso más transiciones que los hogares tradicionales. Un investigador honesto estudió los efectos de la disolución de la pareja en lo que denomina paternidad «gremial», en la cual una pareja de lesbianas se asocia con una pareja de hombres gays para co-crear y co-criar un hijo. En dicho estudio, una madre social que se separó de su pareja lloraba porque los niños tenían que mudarse entre tres casas. Entre lágrimas, reconocía haber visto una regresión en los niños y reconocía el estrés que esto les causaba, pero no había forma de resolverlo si cada uno de los padres seguía viéndolos. Considera que si el binomio de padres homosexuales se separa, los niños tendrían que perder la conexión con el padre social o dividir su tiempo entre cuatro casas.

Si hubiera seguido los planes de mi yo más joven, no solo habría privado intencionadamente a mis hijos de su (y de cualquier) padre, sino que también les habría dado una probabilidad mucho mayor de inestabilidad en el hogar. Por aquel entonces, no podía saber que las parejas de lesbianas formalizadas resultan ser el acuerdo de pareja menos estable, con más del doble de tasa de disolución que las uniones masculinas del mismo sexo o que el matrimonio heterosexual. Tampoco podía saber que tener hijos tiende a desestabilizar a las parejas del mismo sexo. Como ha descubierto un estudio, las tasas de disolución entre las parejas sin hijos son más bajas para las parejas heterosexuales, pero no mucho; sin embargo, para las que tienen hijos, las tasas de disolución son muy diferentes: un 43% para las parejas del mismo sexo frente a un 8% para las parejas de distinto sexo.

Sentencias judiciales como Obergefell y propuestas como la RFMA me habrían cegado ante estas diferencias. Me habrían enseñado que cualquier acuerdo es un «matrimonio» y que para los niños es indiferente. Estas leyes también habrían exigido un certificado de nacimiento para mis hijos que negara su origen real: sin padre, con dos madres.  Y si mi unión del mismo sexo se disolviera, mi ex pareja, sin relación biológica con mis hijos, conservaría la plena patria potestad.

Si los Estados deciden permitir el matrimonio para las relaciones con múltiples parejas, los niños se verán legalmente envueltos en estos acuerdos. El matrimonio poliamoroso no es una posibilidad remota: en Nueva York, un juez ha fallado recientemente a favor de este tipo de matrimonios. El juez argumentó que los arreglos de dos personas no pueden ser privilegiados sobre otros porque hacerlo sería una discriminación injusta. Consideremos las ramificaciones de la RFMA: exigiría a todos los estados cumplir con cada expansión y definición novedosa de «matrimonio».

Los perjuicios de las mentiras legales

La ley es maestra y la RFMA es una mala maestra. La consagración de mentiras legales sobre la verdad del matrimonio perjudica a toda la sociedad, especialmente a los niños. Desde las facilidad de disolución de los matrimonios heterosexuales hasta los nuevos acuerdos familiares, los niños se ven perjudicados cuando se ignora su derecho a tener un padre y una madre en aras de los deseos de los adultos. Los niños sufren cuando dejan de ser considerados el centro de la institución del matrimonio, una institución que durante milenios sirvió para unir a un padre y una madre y de cuya unión surgirían naturalmente. Una sociedad sufre cuando ya no distingue en la ley, y mucho menos vigila y fomenta, el acuerdo que proporciona el entorno más estable para que sus futuros ciudadanos crezcan y florezcan: la familia biológica intacta mantenida y apoyada en la institución del matrimonio tradicional.

El daño siempre se produce cuando no se honra la verdad fundamental sobre la naturaleza y la persona humana. Se han dicho muchas mentiras en nombre de la compasión y para conferir dignidad, pero mentir sobre la realidad deshonra la dignidad de toda persona portadora de la Imago Dei. Desdibujar la naturaleza del matrimonio también perjudica a los mismos que se identifican como LGBTQ, que buscan la aprobación social y legal de sus relaciones. La ley me habría servido mejor diciéndome la verdad, desafiando en vez de validando mis planes, que eran una violación de la dignidad y los derechos de mis futuros hijos a conocer a sus dos padres y su herencia biológica.

Como dijo recientemente la líder estatal de CanaVox, Martha: «El matrimonio entre un hombre y una mujer son los muros y pilares maestros de la estructura social. Soportan el peso de la estabilidad social»; no hay ninguna otra configuración que «haga el trabajo fundamental» que desempeña el matrimonio tradicional. Es bueno para todos, incluidos los identificados como LGBTQ, que los muros de carga se sostengan; cuando la estructura social se debilita, todos sufrimos. El techo descansa sobre los «homosexuales» y los «heterosexuales» por igual.

Los senadores votarán la RFMA en los próximos meses. Este proyecto de ley pone en sus manos los pilares de la sociedad: el matrimonio. Muchos senadores, cegados como Sansón pero sin su intención, no se dan cuenta de que un voto afirmativo asestará al matrimonio su golpe legal más dañino hasta la fecha. Les imploro que encuentren la fuerza para empujar, no contra los pilares, sino contra la destructiva marea cultural, y voten «no».

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