Cómo hacer frente a los confesionarios vacíos: una réplica a las 8 excusas más comunes para no ir

adminnoviembre 1, 202215min340
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Un secreto a voces de las últimas décadas es que los confesionarios están cada vez más vacíos. Los motivos y causas pueden ser muchos: los fieles dicen que el confesionario está vacío cuando pasan por una iglesia y los confesores que generalmente los fieles no acuden con frecuencia a la confesión.

Es el caso del polaco Henryk Hoser, anterior visitador papal en Medjugorje fallecido en agosto de 2021: tras una larga experiencia en París, Bruselas y Bosnia llegó a afirmar que «los sacerdotes en Occidente han dejado de confesar«, en parte movidos por la convicción de que «la confesión es culpabilizar».

Otros, como el sacerdote converso Tim McCauley, presentan la otra cara de la moneda cuando afirman que si los fieles no frecuentan tanto la confesión es debido a que esta supone admitir que son malas personas y que han hecho cosas malas, pensar continuamente en los pecados cometidos hasta el punto de obsesionarse o bien por el miedo a ser juzgados.

Por eso, siguiendo el refrán de «a situaciones desesperadas, medidas desesperadas», también hay sacerdotes que salen a las calles estola al cuello y rosario en mano dispuestos a recibir a todo el que desee el sacramento de la reconciliación. Es el caso del napolitano Michele Madonna, que salió a las calles al ser consciente de que tras la pandemia «cada vez menos personas van a la iglesia para asistir a misa y acercarse al sacramento de la penitencia».

Precisamente hace unas pocas semanas, el arzobispo de Valladolid, Mons. Luis Argüello, invitó a los seminaristas a «llevar un distintivo y ser reconocibles, para que se vea en la plaza pública» y quien lo necesite pueda acudir. «En el tren, yendo y viniendo a Madrid, las personas que han querido hablar conmigo y confesarse se dirigían a mí porque me vieron«, subrayó.

En todo caso, la cuestión de los confesionarios vacíos ha llegado al Vaticano, donde la Penitenciaría Apostólica ha organizado un seminario dirigido a «redescubrir» este sacramento.

En su conferencia, el regente de la Penitenciaría Apostólica, Mons. Krzysztof Nykiel, resumió las principales razones que da la gente para no confesarse y ofreció una breve respuesta a cada objeción.

Las diez objeciones que más siguen al «no me confieso porque…» entre los fieles son:

1º «…Puedo hablar directamente con Dios»

Tras explicar las bondades de la oración personal, el examen de conciencia o la propia petición de perdón por los pecados, Nykiel incluso afirmó que «no es imposible obtener el perdón incluso simplemente ‘hablando directamente con Dios’ en oración».

¿El problema? «Que nunca podemos estar seguros de ello. Y es precisamente en esta ‘certeza’ en la que radica la diferencia fundamental entre el perdón solicitado y esperado en la humilde oración a Dios y el perdón obtenido en la celebración del sacramento de la reconciliación», añadió.

En la confesión, continuó Nykiel, «el penitente que obtiene la absolución del sacerdote está moralmente seguro, por certeza de fe, de que sus pecados le son perdonados y no le serán imputados en el día del juicio. La diferencia entre una esperanza y una certeza vale todo el esfuerzo de la confesión».

2º «… Porque el sacerdote es, o puede ser, más pecador que yo»

El regente de la Penitenciaría reconoció que esto podía ser cierto en muchos casos de confesores que no estaban en gracia al recibir la confesión. Sin embargo, explicó que «la condición moral del sacerdote en el momento de la absolución sacramental es completamente irrelevante para la validez de la absolución».

Por ello, «renunciar a la confesión por la incertidumbre sobre la condición moral del confesor sería como renunciar a un tratamiento médico por la incertidumbre sobre la salud del médico«.

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Los sacerdotes también son humanos…¡y por eso también se confiesan! Pero que cometan pecados no invalida el sacramento de la confesión a los fieles. 

3º «… Porque siempre confieso los mismos pecados»

Y esta, lejos de ser una objeción, es para Nykiel «exactamente lo contrario», ya que «solo la humilde entrega de uno mismo a Dios implorando su misericordia hace posible vencer y luchar contra los vicios que pueden atar y a veces apoderarse de nuestras almas».

En este sentido, se refirió a dos grandes santos que hablaron al respecto. El primero de ellos, San Agustín, que afirmó que “Si derrotamos un vicio al año, pronto seríamos santos”. San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, afirmó igualmente que «Dios siempre nos perdona, incluso si sabe que volveremos a pecar. Así que cometer siempre los mismos pecados no es razón para no confesarse, sino al contrario, [es razón] para acudir al sacramento con mayor frecuencia y fidelidad».

4º «…Porque soy una buena persona que no mata a nadie»

Este motivo, sin embargo, es más grave, ya que el no cometer pecados, que es un don de la gracia, podría convertirse en «un motivo de orgullo para creerse justo ante los demás o, mucho peor, ante Dios… Y nadie puede ser justo ante Dios».

Así, también destacó que “el sentido del pecado y la indignidad de uno ante Dios es siempre directamente proporcional a la proximidad de uno mismo a Dios: Los grandes santos siempre han mostrado sentirse grandes pecadores. Si no nos sentimos pecadores, probablemente todavía no seamos santos”.

También comparó a Dios con la luz y el calor para ejemplificarlo: «Cuanto más nos acercamos al ‘sol de Dios’, más intensamente sentimos el fuego ardiente de nuestro pecado y deseamos profundamente ser libres de él. Si no sentimos este deseo ardiente, probablemente aún estemos lejos del sol de Cristo”.

Refiriéndose a la excusa de no haber cometido ciertos pecados graves, preguntó: «¿No es un intento de autojustificación que acaba por prescindir de la salvación ofrecida por Cristo? ¿No se esconde un miedo a la realidad del yo detrás de esas máscaras? ¿Estamos seguros de que la única forma de ‘matar’ es privar [a alguien de] la vida física? ¿O matamos con palabras, con indiferencia y de tantas otras formas? ¡Pensemos en ello!».

5º «…Porque la última vez que lo hice no me fue bien»

También se dirigió a los que ya no se confiesan porque tuvieron una mala experiencia con un sacerdote que no estuvo acertado en sus palabras, que pudo haber sido poco empático o desproporcionado.

«Primero, debemos preguntarnos: ¿qué esperamos del sacramento de la reconciliación? Si nuestra expectativa está fuera de lugar o está mal dirigida, corremos el riesgo de ser decepcionados. La confesión no resuelve nuestro sentimiento de culpa ni resuelve todos nuestros problemas personales y espirituales. La absolución sacramental destruye el sentido del pecado, que es teológico y sobrenatural». Por eso, ante situaciones desagradables en una confesión aconsejó comenzar a hacerlo con otro sacerdote, pero en ningún caso dejar de hacerlo.

6º «… Porque no me gusta hablar de mi vida personal con otra persona»

En este caso, Nykiel subrayó que un sacerdote no es cualquier otra persona, sino alguien a quien Dios ha conferido su poder para perdonar en la tierra. Por ello, aunque verbalizar y reconocer los propios pecados pueda ser difícil, recordó que «nos sentimos verdaderamente amados cuando todo lo que nos rodea es amado, no solo las cosas buenas o agradables que mostramos o cuando se creen las mentiras y las verdades parciales. Cuando las personas se presentan completamente ante Dios, se dejan amar plena y completamente por Dios».

7º «…Porque no sé qué decir»

Nykiel afirmó que si esta no es la más frecuente, es de las más comunes a la hora de retrasar la confesión, pero también de las más fáciles de superar: «Simplemente dígale al sacerdote: `Quiero confesarme, pero no sé qué decir. ¿Me puede ayudar?´». Asimismo invitó a aprender a hacer «un buen examen de conciencia» y a buscar «lo que realmente cuenta», un deseo sincero de «pensar en la verdad de la propia vida ante Dios».

8º «…Porque el confesionario me da claustrofobia»

Por raro que parezca, es una razón argumentada por algunos católicos para no acercarse al sacramento de la reconciliación. Por ello, Nykiel recordó que en algunos casos se puede prescindir o eximir del uso del confesionario. Sin embargo, alertó del empleo de esta y otras excusas que pueden ser triviales a la hora de confesarse como «no tengo tiempo, no me acordaba, o me viene mal la hora

«El maligno tienta con tonterías” y no siempre ataca de frente a la hora de ofrecer dudas sobre la misericordia de Dios o el poder del sacramento, «sino que se aleja progresivamente de su celebración con aparentemente inofensivas trivialidades que, sin embargo, con el tiempo, terminan socavando tanto la práctica regular de la confesión como, Dios no lo quiera, la fe misma».

«La misericordia divina siempre nos espera; no huyamos de ella como niños traviesos, inventando excusas que nadie creería y, al final, nosotros tampoco», instó.

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