Presbiteriano y fan de Grateful Dead, la cultura y Juan Pablo II le llevaron a la fe… y a ser obispo

adminnoviembre 4, 202216min120
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A mediados de enero de1967 decenas de miles de personas ocuparon las calles de San Francisco en el llamado Verano del Amor. Así comenzó el movimiento hippie dos años antes de Woodstock: hierba, psicodelia y conciertos masivos de Grateful Dead -autores del tema Friend of the Devil– en el Golden Gate Park fueron los rasgos más destacados. Al joven presbiteriano James Conley no le quedaba mucho para ser un ávido seguidor del grupo que marcó una era. Lo que es seguro es que convertirse en jerarca de la Iglesia católica no formaba parte de sus planes.

Cinco décadas después, Conley es obispo de la diócesis de Lincoln (Nebraska) desde 2012, una diócesis que bajo su gobierno se ha convertido en líder de vocaciones al sacerdocio en los Estados Unidos: su proporción es de 39 seminaristas por cada 96.000 católicos.

«Es resultado de un liderazgo que yo he heredado. No me lo atribuyo, solo quiero no estropearlo. Quiero que continúe. He sido el beneficiario del gran liderazgo de dos grandes obispos», expresó en 2018.

El éxito que cosecha Conley como obispo es el fruto de un largo recorrido que comenzó muy lejos de la vocación, la Iglesia y la propia fe.

En una visita a la escuela North American Martyrs School realizada el pasado 24 de octubre, el obispo se sinceró ante los estudiantes sobre su historia de conversión, vocación y episcopado que comenzó precisamente en la escuela.

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La agrupación pionera del movimiento hippie, «Grateful Dead» -en la imagen, tocando en las calles de San Francisco en 1967-. Se trataba, en el pasado, de uno de los antiguos hobbys del actual obispo de Lincoln, James Conley.

Entre la cultura hippie, la iglesia presbiteriana y el agnosticismo

Conley, nacido en un suburbio de Kansas, explicó que fue criado en una familia presbiteriana que casi nunca iba a la iglesia. Desde muy pequeño comenzó a considerarse agnóstico, incapaz en un principio de dar respuesta a la gran pregunta de la existencia de Dios. A partir de los últimos cursos escolares y los primeros años de universidad aquella cuestión dejó de interesarle por completo.

Sin embargo, mientras la hierba y la marihuana daban paso a la heroína y el speed en gran parte de las universidades con un movimiento hippie que comenzaba a desmoronarse, también había espacios universitarios que se erigían como referentes de orden, paz, cultura y trascendencia.

Uno de los más representativos fue el Integrated Humanities Program» (IHP, por sus siglas en inglés: Programa de Humanidades Integradas) que se impartió en la Universidad de Kansas entre 1972 y 1977. En un principio, el programa dirigido por el profesor norteamericano John Senior únicamente pretendía enseñar la cultura clásica a los interesados a través de los grandes libros de la literatura universal, la escritura y caligrafía artísticas, la historia, el aprendizaje del latín o incluso la observación de las estrellas.

Atraído y sumido en un profundo agnosticismo, Conley siguió el ejemplo de cientos de alumnos que se inscribieron al programa. «Será mejor que descubra en qué creo realmente», pensó.

Pero la realidad es que sin pretenderlo, muchos encontraron en el curso la respuesta a las grandes preguntas vitales. Doscientos de ellos se convirtieron al catolicismo.

Conley recuerda que, aunque no fue uno de ellos de forma directa, empezó a considerar que el cristianismo podía dar un sentido a su vida y comenzó a asistir a varios cultos.

«Tengo que volverme católico»

«Durante un tiempo permanecí en la Iglesia Episcopal, pero finalmente me di cuenta de que no podía quedarme ahí, de que tenía que llegar hasta el final, porque la Iglesia Católica se volvió cada vez más convincente para mí», afirmó ante los estudiantes. 

Gracias a los aprendizajes adquiridos en el programa de humanidades y la investigación que siguió en estos años, Conley llegó finalmente a una conclusión.

«La Iglesia Católica fue la única iglesia que me pudo probar históricamente que tuvo su origen en la época de Jesús… Y una vez que se encendió la bombilla, comprendí que aquí era donde tenía que estar. Tenía que volverme católico«, admitió.

Años después, entrevistado por la propia Universidad de Kansas, recordaría su experiencia en el Programa de Humanidades con los profesores Dennis Quinn, John Senior y Franklyn Nelick como la causa de su propia conversión «a través de la experiencia de la poesía, la literatura, el arte, la música y la filosofía».

Las Confesiones de San Agustín y la obra de John Henry Newman tendrían mucho que ver con su abandono del agnosticismo. «A través del IHP conocí la verdad, la bondad y la belleza y desde entonces él estado persiguiendo esos tres trascendentales», mencionó.

Su familia, llena de «concepciones erróneas sobre la fe», se opuso a su conversión, especialmente su padre. «Pensaron que había renunciado a la libertad de pensar por mí mismo. Sin embargo, había sido [fan de] Grateful Dead antes de mi conversión, así que mi madre estaba feliz de que me cortaran el pelo», bromeó. Quince años después, el sacerdote facilitaría la conversión a la fe de sus padres y la recepción del bautismo de su familia.

Sacerdote, por Juan Pablo II

Una vez fue admitido a la Iglesia a los 20 años, el converso supo que el Papa Juan Pablo II iba a visitar Des Moines, en Iowa, como parte de su viaje apostólico a los Estados Unidos en 1979 y acudió a la Misa que celebró ante 300.000 personas.

Durante la homilía, el Papa polaco dirigió un mensaje a los presentes que llamó la atención de Conley: «A todos los que cultivan la tierra, a todos los que se benefician del fruto de su trabajo, a todos los hombres y mujeres de la tierra, Jesús les dice: «Venid a mí… y yo os refrescaré». Aunque todo el hambre física del mundo fuese saciada, aunque todos los que tienen hambre fuesen alimentados por su propio trabajo o por la generosidad de los demás, el hambre más profunda del hombre seguiría existiendo».

El recién convertido recuerda «la inspiración y llamada» que le produjeron las palabras del Papa. «Dijo que estaba hablando con nosotros y que si eras joven, que te lo planteases. Lo hice y dije que sí», recuerda el actual obispo de Lincoln.

No habían transcurrido ni cuatro meses desde la Misa del Papa en Iowa cuando el converso llevó a término su decisión y se matriculó en el seminario para ser sacerdote. Fue ordenado sacerdote en la Diócesis de Wichita el 18 de mayo de 1985.

Durante los siguientes 23 años sirvió como sacerdote en multitud de parroquias y confiesa humildemente que en ningún momento pensó en ser obispo, ni si quiera una vez ordenado.

Sería Benedicto XVI quien, el 10 de abril de 2008, nombrase a Conley obispo auxiliar de Denver, el 10 de abril de 2008.

Explica que la influencia que tuvo el Programa de Humanidades en su vida no se limitó a su conversión, sino que también marcó profundamente en su faceta episcopal. Tanto que escogió su lema como obispo –Cor ad cor loquitur, corazón habla a corazón– gracias al curso sobre autores británicos del siglo XIX, donde lo descubrió.

«La idea es que la amistad verdadera y auténtica (como un corazón hablando a otro) es lo que todos buscamos. Experimentamos este tipo de amistad aquí en la tierra, pero también podemos experimentar este tipo de amistad o amor auténtico con Dios», afirmó.

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El obispo de Licoln, James Conley, durante unas ordenaciones sacerdotales de la Fraternidad sacerdotal San Pedro en Virginia.

Una noche oscura superada con San José

Aunque admite que nunca ha «mirado atrás» ni se ha «arrepentido de esta decisión», su camino como obispo no ha estado exento de dificultades. La última de ellas fue entre 2019 y 2020, cuando unos fuertes episodios de ansiedad, depresión, insomnio y tinnitus le llevaron al límite.

«Parecía que Dios estaba ausente en mi vida. Fue probablemente el periodo más oscuro de mi vida. Hubo muchos días en los que no podía ver, oír o sentir la presencia de Dios, pero de alguna manera sabía que Él estaba allí y que no me había abandonado por completo», afirmó.

Con todo, también tuvo consuelos. El primero de ellos, adquirir una firme devoción a San José, -cuya fiesta se celebra el 19 de marzo, el mismo día en que nació el obispo- y que «desempeñó un papel crucial ayudándome a recuperar la fuerza y la esperanza. Es nuestro padre espiritual. Su profunda fe y confianza en la Divina Providencia, especialmente cuando el camino parece difícil, me dio esperanza».

Cuando echa la vista atrás, valora sus más de tres décadas como sacerdote y obispo y se sincera sobre lo que se siente «más orgulloso».

«Trabajar con estudiantes universitarios y mi trabajo provida ha sido la parte más gratificante de mi ministerio», admite.

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