Libertad, igualdad y fraternidad… o muerte: 1793, el macabro bautismo de la Modernidad anticatólica

admindiciembre 7, 202216min400
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Mujeres asadas, oficiales vestidos con pieles de campesinos desollados, bebés y niñas masacrados… El gran público no dudaría en afirmar que la Roma anticristiana, el día a día de los imperios antropofágicos o la maquinaria soviética podrían ser los grandes autores de estos macabros sucesos, pero el relato histórico oficial hace cuanto menos difícil asumir que fueron precisamente el origen fundacional de la Época Contemporánea y del actual ordenamiento político.

Lo descrito son solo algunos de los casos que el doctor en historia Alberto Bárcena ha situado como la raíz y sentido de la Revolución Francesa en el último programa de El Buscador de Creo TV presentado por Álex Navajas.

Para el historiador, proclamas tan conocidas de la Revolución como «Libertad, Igualdad y Fraternidad» no son más que el reclamo y la ficticia cara amable de un suceso contemplado por la historia oficial como el origen del progreso.

Realmente, explica, «el régimen liberal» y con este, el actual sistema y ordenamiento políticos, hunden sus raíces en la aniquilación de todo aquel que considere que la ley divina o natural -descartadas hoy por completo- tiene algo que decir en el ámbito público. Es lo que sucedió en la Vendée posrevolucionaria a manos de las «columnas infernales» en 1793.

Toda persecución empieza con leyes

Pero el que sería «el primer genocidio de la edad contemporánea» comenzó cuatro años antes, cuando el orden surgido tras la Revolución Francesa dedicó una amplia «y agresiva» batería de leyes contra la Iglesia católica.

La expropiación de los bienes eclesiásticos decretada en otoño de 1789, la ilegalización de los votos solemnes y con ella la imposibilidad de renovar las órdenes religiosas y finalmente el decreto de exclaustración -que expulsaba a los novicios de los conventos- generó un panorama de desolador de «miles de frailes vagando por los caminos de Francia» en búsqueda de asilo.

Como una auténtica cacería, el orden revolucionario fue cercando a su presa, la Iglesia, hasta que la promulgación de la Constitución Civil del Clero asestó uno de los golpes definitivos. Esta, explica Bárcena, «sometía al clero al Estado» y quedaba así «desvinculado de Roma», pasando a ser la jerarquía y los sacerdotes elegidos democráticamente, como lo podría ser un alcalde.  

Si bien en los altos grados de la jerarquía, obispos y cardenales hubo una oposición «prácticamente unánime», entre los sacerdotes esta fue menor, aceptando muchos de ellos el sometimiento a la Revolución. La iglesia quedó así fraccionada entre los traidores a Roma, llamados «juramentados» y aproximadamente el 40% de sacerdotes, y los fieles y perseguidos, «los refractarios», en torno al 60%.

En un primer momento, explica Bárcena, el futuro de los «refractarios» consistía en ir vagando por Francia buscando asilo u otras dedicaciones donde poder subsistir, pero la persecución no tardó en llegar, llegando a ofrecerse recompensas pagadas al contado por cada cabeza de sacerdote refractario que se entregase a las autoridades.

Hubo, sin embargo, varios años de persecución hasta que los propios fieles decidieron organizarse y resistir.

El heroismo de los «buenos padres»

El principal detonante del alzamiento y lo que serían unas «auténticas guerras» que pudieron en jaque al Estado fue la ejecución del «rey cristianísimo» Luis XVI en la guillotina. También se vieron precedidas por la negativa de muchos franceses a combatir contra España en defensa de la República -en la llamada Guerra de la Convención o del Rosellón- o, por último, la llegada de los juramentados a las parroquias que habían quedado vacías. «Fueron recibidos con una hostilidad notoria [por los habitantes]. Tanto, que hasta pedían protección a las autoridades porque temían por sus vidas. `Devolvednos a nuestros verdaderos padres´», les decían.

Mientras, estos «buenos padres» eran condenados al ostracismo, a vagar y esconderse en inhóspitos lugares o a impartir los sacramentos, casando, bautizando y arriesgando sus vidas con un «heroísmo» que, según Bárcena, debe ser destacado.

El carácter religioso del conflicto inminente es, según Bárcena, el aspecto más definitorio de la Vendée. «[Los vendeanos] se proclamaron en ejército católico bajo el lema de Dios y el Rey y el Detente del Sagrado Corazón de Jesús como distintivo.

«Lo que le da mayor interés y relevancia espiritual es que es el pueblo el que se levanta. Lo han querido presentar como una rebelión de la aristocracia ante la pérdida de su poder, pero esa teoría no se resiste a un análisis objetivo. Es lo contrario, en La Vendée se levanta el pueblo«.

Cuando la persecución se hizo insostenible, en 1793, los vendeanos se levantaron y comenzaron a rechazar por sí mismos a los soldados franceses, librando así la primera de tres guerras que tuvieron lugar entre 1793 y 1796. Carácter religioso y popular se plasmaron en la persona escogida como generalísimo para liderar la ofensiva, Jacques Cathelineau, un carretero al que llamaban «el santo de Anjou» por sus virtudes, pero también por sus dotes de mando.

La inexplicable victoria contra la élite en Samur

Pronto las revueltas se extendieron por el país, cosechando importantes victorias como la toma del castillo y la ciudad de Saumur, en la que un ejército de 15.000 campesinos se lanzó al asalto antes que los propios oficiales a campo abierto contra una posición «inexpugnable» y protegida por 16.000 soldados de élite.

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Puedes conseguir aquí ‘La Guerra de la Vendée’, la principal obra de referencia en torno a este episodio contrarrevolucionario escrita por Alberto Bárcena. 

Contra todo pronóstico, tomaron la posición  sin instrucción alguna y «en cuestión de horas», algo que dirigentes como Henri du Vergier, conde de la Rochejaquelein, achacaron directamente a una intervención providencial. «Solo tiene una explicación, y es la intervención de Dios«, escribió.

Con todo, y pese a las elevadas posibilidades que otros contrarrevolucionarios como los Cristeros alcanzaron en México, la guerra pronto dio paso a una dura represión revolucionaria que segó las vidas de cientos de miles de muertos.

«Las cifras más conocidas, las de Reynald Secher, dicen que desaparecieron unas 117.000 personas, lo que significa una octava parte. Su profesor, Pierre Chaunu, las eleva hasta 400.000″, mientras que fuentes directas como el general encargado de revisar la región tras someterla habla de 600.000.

La guerra total de las columnas infernales 

Siguiendo las tesis de Secher, Bárcena destaca como la rigurosa y progresiva organización que adquirieron los vendenaos -fundamentalmente en torno a las parroquias y a la cabeza de familia, como «ejércitos familiares concentrados por parroquia», no pudieron frenar por mucho tiempo el odio a la fe de la Revolución. «Había que exterminarla lo antes posible, y de manera definitiva«, afirma.

Entonces llegó el turno de las «columnas infernales«, una fuerza militar de élite de 103.000 hombres con órdenes de acabar con todo rastro de fe o de campesinos vendeanos, llegando a haber más soldados que habitantes.

«Una vez se acantonaron y tomaron la región, empezó la represión, con órdenes de quemarlo todo, bosques, setos, aldeas, casas, hombres, mujeres, niños… todo lo que pueda arder», rezaban las instrucciones.

Y a la represión le siguió «un fenómeno de locura colectiva» que si a juicio de Bárcena se observa en otras guerras, en esta es «de forma especialmente evidente».

No encuentra otra explicación a que fuese el mismo Robespierre el que autorizase y animase a los oficiales a considerar «puras» las intenciones de acabar con «chicas y niños». «Sigue con lo que estás haciendo, elimina a todos los vendeanos«, ordenó. 

Un baño de sangre 

Lo siguiente que describe el doctor en historia es comparable a un «baño de sangre», en el que los generales se entretenían quemando en hornos de pan a mujeres -republicanas y vendeanas- junto con sus hijos. También fueron significativas las masacres de los niños de entre un mes y dos años de edad así como de niñas desde el primer año en plaza pública.

Este 8 de diciembre se estrena ‘Vender o morir’, una película producida por Puy du Fou sobre la epopeya de la Vendée y el caudillo vandeano Charette.

Bárcena habla también de los cirujanos del ejército republicano, que desollaban a los vendeanos haciendo con su piel «pantalones de montar» para los oficiales.

El mismo Bárcena enlaza al público interesado a estudiar la obra de Reynald Secher que él mismo ha continuado para comprender todos los datos de este fenómeno contrarrevolucionario que cumplió su misión -la de defender la fe- hasta el exterminio y que incluso contó con no pocas posibilidades de lograr sus pretensiones -el respeto a la misma por el Estado-.

Una gesta que, además, pone en cuestión no pocos postulados hoy vigentes, «como el dogma de que solo vale lo que se acuerde», de que «nada hay eterno o inmutable» en lo ético o moral, del trilema revolucionario de «igualdad, libertad y fraternidad» o de que la ley divina y natural deben encontrarse al margen de toda decisión pública, entre otros. 

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