Sarah llama a exigir a los obispos más «la palabra de Jesús» y menos «discursos sociopolíticos»

admindiciembre 13, 202217min350
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Para el cardenal Sarah, «ha llegado el tiempo anunciado por San Pablo en que los hombres no soportarán la sana doctrina» y no son pocas las voces de «eminentes prelados de la iglesia» que cuestionan e incluso niegan buena parte de su mensaje.

Para hacer frente a estas desviaciones y «acompañar» y «ayudar a cuantos estén decididos a responder al amor divino», el cardenal guineano ha publicado su Catecismo de la vida espiritual (Palabra). Un escrito que, con los sacramentos y un resumen de la fe como hilo conductor, quiere ayudar al lector de forma concreta a «situar a Dios en el centro» de los intereses y aspiraciones personales y también de cara a la sociedad.

A lo largo de sus últimos libros, el cardenal Robert Sarah ha estado alertando de peligros y desviaciones que amenazan la estabilidad de la fe. Lo hizo de cara a la vida del creyente en La fuerza del silencio; respondiendoa grandes amenazas externas en Se hace tarde y anochece, e incluso a otras que afectan específicamente al sacerdocio en Para la eternidad.

En esta ocasión, el cardenal pretende abordar un «eclipse de Dios» palpable en las sociedades posmodernas y al que contribuye, en buena medida, desviaciones en la propia Iglesia.

Así, menciona la «confusión en torno a la Verdad divinamente revelada, la pérdida del auténtico sentido de la liturgia» o «las repercusiones en la Iglesia» de la propia posmodernidad entre las principales amenazas actuales.

«La voz de algunos eminentes prelados de la Iglesia católica se alza hoy para decir públicamente que la enseñanza actual de la Iglesia sobre la homosexualidad está equivocada«, argumentando que «la base de esa enseñanza ya no es adecuada» y se hace necesaria «una revisión de las enseñanzas de la Iglesia», denuncia.

Por ello, el cardenal reitera nuevamente un mensaje «urgente»: el de «recordar a todos los pastores de la Iglesia su deber de hablar en nombre de Dios y su misión de enseñar, santificar y conducir a los fieles, no guiados por sus opiniones personales o por lo que es socialmente aceptable», sino «iluminados por la Revelación Divina, transmitiendo sin miedo, sin ambigüedad y sin adulteraciones un discurso claro, firme y veraz».

En este sentido, el cardenal expresa su deseo de «el pueblo de Dios» reclame «insistentemente de obispos y sacerdotes la Palabra perenne, firme y concluyente de Jesús y no discursos sociopolíticos, ni cartas pastorales sobre los derechos del hombre y las democracias modernas o sobre las últimas novedades»

El bautismo debe llevar a la coherencia

Pero una de las tesis fundamentales de Sarah es que esos peligros deben enfrentarse -también- desde la vivencia coherente de la fe entre los propios católicos. Y el primer paso para ello consiste en comprender y asumir las implicaciones del bautismo, que, como  los otros sacramentos, «no tiene sentido si no lleva a una unión íntima con la Persona de Nuestro Señor Jesucristo».

Por ello, «estar inscrito en los registros de la parroquia, llevar un nombre cristiano sin vivir el bautismo, participar en los ritos sin trasladarlos a la vida o no comprometerse a una verdadera amistad con Jesús» supone hacer «estéril» ese cristianismo. Lejos de ello, dice, el bautismo significa aceptar que «la brújula» de la existencia «es la voluntad del Padre» y debe llevar a «librar una dura batalla contra Satanás y contra el pecado, también en su dimensión social.

«Debemos decir `no´ al cientificismo ateo que, en nombre del progreso, está destruyendo a la humanidad, `no´ a una cultura de la muerte predominante, a la  perversión de las costumbres, `no´ a la anticultura que se manifiesta en una sexualidad convertida en mera satisfacción de los instintos, en una diversión que tiene como corolario la cosificación del cuerpo de la mujer, del hombre y del niño», alienta.

La importancia de iniciarse lo antes posible 

El cardenal expresa igualmente una contundente crítica a la nueva costumbre de posponer los bautizos rehuyendo su importancia y expandiendo «la tibieza en la fe y el relativismo doctrinal». A esto, dice, también contribuyen «algunas plumas episcopales» que han recomendado «posponer los bautizos en contra del mensaje de la Iglesia» en el contexto de la crisis sanitaria.

«¿Qué es lo que pretenden proteger, la vida sobrenatural de los niños o las condiciones higiénicas de la reunión familiar que sigue a la ceremonia y muchos consideran lo esencial? Exhorto a los padres cristianos, en nombre de Jesucristo, a bautizar a sus hijos en los días siguientes a su nacimiento«, plantea.

En el mismo sentido, el  Catecismo de la vida espiritual llama a «no retrasar la confirmación», recomendando incluso recibirlo «lo antes posible, durante la infancia», ya que «el niño que crece acompañado del Espíritu Santo adquiere una madurez cristiana más sólida y segura«. «No esperemos a que nuestras sociedades materialistas y privadas de Dios malogren y corrompan en lo más hondo el espíritu de los jóvenes para invitarles a recibir el don inefable del Espíritu Santo», añade.

«Ninguna autoridad puede impedir a Dios reunir a sus hijos»

A lo largo de las más de 300 páginas del Catecismo de la vida espiritual, el cardenal Sarah ha plasmado multitud de abusos arbitrarios que tanto las autoridades civiles como eclesiásticas han fomentado con el pretexto de la crisis sanitaria.

Algo especialmente llamativo para él en lo referente a la Eucaristía y la celebración de la Santa Misa, cuya prohibición durante la pandemia ha asistido a «un sometimiento sin ninguna resistencia» ante «disposiciones que ignoran a Dios». En este aspecto, el cardenal  considera que «ninguna autoridad humana, gubernamental o eclesial, puede arrogarse el derecho de impedir a Dios reunir a sus hijos. Los obispos, sacerdotes y fieles deberían oponerse con todas sus fuerzas a unas leyes que no respetan ni a Dios ni la libertad de culto y que son más mortales que el coronavirus».

Catecismo de la vida espiritual (Palabra), del cardenal Robert Sarah. 

Puedes conseguir aquí el «Catecismo de la vida espiritual» (Palabra), del cardenal Sarah. 

El sacramento de la Eucaristía es uno de los más extensamente tratados en este Catecismo de la vida espiritual. A lo largo de este capítulo, el cardenal llama la atención de «los riesgos de la concelebración» y cuestiona el empleo de «cantos y gritos» y «bailes que no acaban nunca», «la reducción de la Eucaristía a un banquete convival», o la introducción de «formas teatrales y sus consiguientes efectos cuando se supone que estamos recordando la muerte que quiso sufrir Jesús».

La confesión, arma frente a la tibieza y la rutina

También le dedica especial atención a la «tibieza y la rutina«, «el gran peligro de la vida espiritual» que afecta tanto a fieles como a sacerdotes.

A los primeros, el cardenal advierte de que la tibieza «roba toda consistencia y entusiasmo» e  instala «en la mediocridad y en la indiferencia hacia Dios» que solo se puede prevenir de una forma: «Recomenzar cada día, sin conformarnos jamás con lo que creemos haber conseguido». 

Así como advierte a los fieles que se instalan en la tibieza y renuncian progresivamente a la confesión, también previene de esa «muerte lenta» a los sacerdotes que «prefieren dedicar tiempo a otras cosas antes que meterse al confesionario y esperar a los penitentes»: «En sus homilías no se tocan temas como el pecado, el tentador, el purgatorio, el infierno o el castigo divino» y «no se presenta a los fieles esa lucha omnipresente entre el bien y el mal».

A todos ellos  anima invitando a «redescubrir el verdadero sentido del arrepentimiento» y los beneficios de la confesión. La renovación y la sanación, la reconstrucción y logro de un corazón nuevo, la paz de la conciencia y la reconciliación o una mayor coherencia son solo algunos de los descritos.

Frente a la «gobernanza mundial» contraria a la familia

El cardenal lamenta cómo, en pleno proceso de «debilitamiento del matrimonio» causado por «los defensores de la teoría de género, los ingenieros sociales y la gobernanza mundial», pretenden «otorgar carta de naturaleza a todas las «`formas de familia´ surgidas de distintas formas de uniones y prácticas homosexuales». Mientras, denuncia, en no pocos defensores del matrimonio se ha instalado una «confusión» motivada por la «ambigüedad» de quienes «tienen por misión proclamar la enseñanza de la Iglesia».

Junto con una amplia batería de instrucciones para recuperar el sentido cristiano del matrimonio, asumir su indisolubilidad y construir la fidelidad, Sarah se dirige también a quienes sufren el divorcio y se han vuelto a casar.

Si bien les recuerda que la Iglesia «no puede darles la comunión», Sarah también les dirige una exhortación de esperanza: «Venid a visitar a Jesús presente en el sagrario, real y sustancialmente, con su Cuerpo, Su Sangre, su Alma y su Divinidad. Él os escuchará cuando elevéis vuestras súplicas con la oración del publicano. Haced todo el bien que os sea posible. El gran signo de humildad, el gran signo de esperanza que nos dejaréis será el de no guardar ningún rencor, ninguna amargura contra la Iglesia, que sigue amándoos como a hijos suyos».

Celibato, oración y formación: cruciales en el sacerdote

Sin rehuir ninguna de las polémicas ni tabúes vigentes, Sarah también aborda la cuestión del celibato en el espacio dedicado al sacramento del Orden Sacerdotal. Lo hace sin embargo obviando las objeciones al celibato y centrándose en las explicaciones teológicas que hacen del mismo la única opción posible en la Iglesia latina: «Al mismo tiempo que ofrece el sacrificio de Cristo se ofrece también a sí mismo» por lo que «ningún otro vínculo humano puede adueñarse de su corazón, porque pertenecen única y exclusivamente a Dios».

Destaca, además, la importancia de cuestiones tan actuales como es la abundante carga pastoral, la oración o la formación continua del sacerdote en un «mundo de activismo frenético y rechazo a Dios» que las dificulta enormemente, especialmente las dos últimas.

«En nuestra vida diaria de sacerdotes tenemos que aferrarnos con ahínco al tiempo de oración. Sin una vida de oración perseverante y regular en medio de nuestras mil ocupaciones, no hay identificación posible con Cristo», concluye.  

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