«Hombres con labia» habían azuzado a los asesinos: la masacre del Convento de Carmelitas en 1792

admindiciembre 29, 202218min170
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En septiembre de 1792 fueron asesinados de forma brutal 114 clérigos y religiosos ‘refractarios’ detenidos en el convento de los carmelitas, antiguo monasterio parisino convertido en símbolo de la furia antirreligiosa de la Revolución Francesa.

Emmanuel Bonini evoca estos acontecimientos en un artículo que forma parte del especial sobre la vida monacal recientemente publicado por Valeurs Actuelles:

Número especial de 'Valeurs Actuelles' sobre los monjes.

Convento de los carmelitas, los torturados del Terror

«¡El arzobispo de Arles! ¡El arzobispo de Arles!». Es el domingo 2 de septiembre de 1792, alrededor de las dos de la tarde, cuando varios hombres armados con sables, picas y bayonetas entran en el jardín del convento de los carmelitas, un vasto recinto delimitado al sur por la calle de Vaugirard. En este monasterio, convertido en prisión, más de ciento sesenta eclesiásticos llevan encarcelados casi tres semanas. Han sido objeto de insultos, humillaciones, vejaciones y blasfemias, no se les ahorró nada. Pero esta vez les espera la muerte.

Apoyados en una fe inquebrantable, los prisioneros han soportado todo sin rechistar, pero esa mañana la tensión sube un peldaño y la ansiedad les ordena retirarse a su lugar habitual de paseo, a través de una pequeña escalera que conecta con la capilla de la Santísima Virgen. En realidad, son empujados hasta allí y, ante la amenaza de hombres armados, no tienen más remedio que retirarse al fondo del jardín, entre una valla de setos y un pequeño oratorio situado en un rincón.

«Extirpad las alimañas sacerdotales»

Ahí están, de pie o rezando de rodillas, cuando aparecen los hombres armados. «¡El arzobispo de Arles! ¡El arzobispo de Arles!», siguen gritando, lanzando ofensas a Dios. El arzobispo de Arlés se entrega y sucumbe sin rechistar, tras declarar a sus hermanos: «Si mi sangre puede apaciguarlos, ¿qué me importa morir? ¿No es mi deber preservar vuestros días a expensas de los míos?«.

Fue la señal para una espantosa masacre, cuyos rastros de sangre aún son visibles en el edificio.

Refugiados  momentáneamente en la iglesia, donde rezan la oración de los moribundos ante el altar, las «alimañas sacerdotales» son conducidas de nuevo al jardín, a cuya entrada están apostados sus agresores. Tras un simulacro de juicio en el que una vez más se les pide que renieguen de sí mismos, los beatos son degollados de dos en dos por sus asesinos al grito de «¡Viva la nación!» antes de que sus cadáveres sean arrojados a un pozo.

Muy pocos escaparán, como el abate Berthelet de Barbot, que fue liberado al día siguiente. Mientras en otros lugares, en París y en toda Francia, durante setenta y dos horas, la sangre de los monjes seguirá corriendo día y noche, el abate es testigo de cómo ha sido adoctrinada la escoria parisina congregada a las puertas de la prisión y decidida a acabar el trabajo de los asesinos.

Grabado que representa las masacres de septiembre de 1792. Se conserva en el Museo Carnavalet de París.

Grabado que representa las masacres de septiembre de 1792. Se conserva en el Museo Carnavalet de París. Tomado de Paris Parcours Révolution.

Desde las primeras convulsiones de la Revolución, la voluntad de anexionar al clero se manifiesta en medidas encaminadas a despojar de sus bienes y derechos a la Iglesia, incapaz de reformarse y debilitada y dividida al iniciarse la Revolución. El 12 de julio de 1790 se aprueba la Constitución Civil del Clero, que establece la elección de los párrocos y obispos y su remuneración por el Estado. Todos los conventos y monasterios son confiscados, la mayoría saqueados y profanados, y las congregaciones de hombres y mujeres abolidas.

Todos los miembros de esas congregaciones, algunas de ellas tan prestigiosas como los lazaristas, que habían enorgullecido a Francia en el extranjero, son apartados de la enseñanza pública y la atención hospitalaria. Muchas obras de caridad fueron destruidas para obtener un beneficio que, por supuesto, no cubriría el importe de la deuda del Tesoro, estimado en mil quinientos millones. El crecimiento de aquella deuda será además un argumento frecuentemente utilizado por los enemigos de la Iglesia para obtener su destrucción.

Un año después del decreto que llamaba a los sacerdotes a prestar juramento a la Constitución, no teniendo más dinero que esperar de un clero que había sido saqueado el 14 de diciembre de 1791, el ministro Louis-Marie de Narbonne pronunció esta frase: «La guerra es esencial para nuestras finanzas, la suerte de los acreedores del Estado depende de ella». Y hubo guerra, pero acabó mal. Los sacerdotes refractarios se convirtieron en «enemigos internos», al igual que los franceses que permanecían fieles a Dios y al rey; el 26 de mayo de 1792 el legislativo, en penosa situación, decretó su proscripción, desembocando en las leyes de deportación y en las abominaciones conocidas.

El objetivo era, como recuerda Pierre de La Gorce en Las masacres de septiembre, «extirpar las alimañas sacerdotales», «deshacerse de estas plagas públicas», «ir a vender a todos estos fanáticos al rey de Marruecos». Para ello, el artículo III del decreto anima a la delación a los ciudadanos activos con derecho a voto.

Persecuciones ignoradas por la historia oficial

Las cartas de denuncia sustituyeron a los despachos reales tras la desastrosa jornada del 10 de agosto, que vio la deposición de Luis XVI y la masacre de los guardias suizos en las Tullerías, y así comenzaron, bajo el impulso de la todopoderosa Comuna de París, las redadas de sacerdotes refractarios llegados de toda Francia para esconderse en la capital, donde fueron expulsados y conducidos a las distintas prisiones parisinas, entre ellas el convento del Carmelo, transformado, como hemos dicho antes, en centro de detención.

La persecución de la Iglesia católica durante la Revolución francesa y las atrocidades cometidas contra sus miembros en todo el país siguen siendo mal conocidas a día de hoy y, sin embargo, según el historiador y sacerdote católico Fernand Mourret, su matriz fue la interpretación individualista y racionalista de la Declaración de los Derechos del Hombre, que fomentaba la anarquía.

Pero ¿a quién se debe realmente la orden de las masacres de septiembre?

Aunque no se ha encontrado ninguna orden escrita, se piensa inmediatamente en Danton, recién nombrado en el Departamento de Justicia, que habría actuado a través de su Comité de Vigilancia, de acuerdo con la Comuna, promotores inmediatos de dichas masacres. El 27 de enero de 1912, en un discurso leído ante la Academia de Ciencias Morales y Políticas y respaldado documentalmente, el abogado e historiador Edmond Seligman aportó la prueba de que Danton, tras haberles incitado, dejó que se celebrara la «terrible fiesta de los muertos». Solo la amenaza de acción de los asesinos contra los girondinos motivó su intervención ante Robespierre para detener la sangría.

Danton, por tanto, pero también Marat, calificado de «enemigo mortal del orden y de la humanidad» por [la escritora guillotinada] Olympe de Gouges. Fue él quien, el 3 de septiembre de 1792, publicó en su propia prensa el llamamiento a la generalización de la masacre de los «traidores», antes de enviar la circular a los departamentos y municipios de Francia.

El jacobino Maximilien de Robespierre, uno de los rostros del Terror en la Revolución Francesa.

El jacobino Maximilien de Robespierre, uno de los rostros del Terror en la Revolución Francesa.

Todos estos jacobinos ataviados con chorreras, a los que evidentemente hay que añadir a Robespierre y sus «enragés«, son mucho más culpables que los centenares de «manos teñidas de sangre» (entre ellos, el siniestro comisario Maillard, jefe de los asesinos en el convento de los Carmelitas) que actuaron «en nombre del pueblo» en todo el país. Cabe señalar que, de entre los numerosos asesinos, solo unas pocas docenas pusieron el corazón en su trabajo, canallas motivados por el señuelo de un flaco beneficio que algunos ni siquiera llegaron a ver. El resto hay que archivarlo en el cajón de los «hombres con armas» azuzados por los «hombres con labia».

Entre las víctimas: dos benedictinos, dos capuchinos, un franciscano…

En total, 114 clérigos cayeron en el Carmelo. Entre ellos, un arzobispo, dos obispos y, pertenecientes al clero de París, un párroco, nueve vicarios y sacerdotes regulares, diez capellanes. A ellos hay que añadir, pertenecientes al clero provincial, siete vicarios generales, tres canónigos, doce párrocos, un doctor de la Sorbona, veintiséis vicarios y otros sacerdotes, un capellán, dos profesores y cinco seminaristas. Por último, pertenecientes a órdenes y congregaciones religiosas, dos benedictinos, dos capuchinos, un franciscano, ocho antiguos jesuitas, diez sulpicianos, diez eudistas, seis sacerdotes de San Francisco de Sales, un hermano de las Escuelas Cristianas, un oficiante y un sacristán.

Algunos de los huesos de los torturados aún pueden verse en un relicario de cristal en el antiguo convento, hoy Instituto Católico de París.

El osario de la iglesia de San José de los Carmelitas.

El osario de la iglesia de San José de los Carmelitas.

Los días 2, 3 y 4 de septiembre de 1892, mientras la República celebraba a bombo y platillo la obra de los asesinos, enaltecidos, el convento de los carmelitas volvía a abrir sus puertas, como cada año en las mismas fechas, para dar al público la opción de venerar a las víctimas. «Aquí todo nos habla de ellos», predicó el abate Sicard en su discurso conmemorativo: «Las propias piedras gritan y hablan de su sangrienta memoria… Podemos descender a la cripta y besar las urnas funerarias que contienen los restos de nuestros mártires. Es allí, en su compañía, donde un poderoso orador, un gran monje, Lacordaire, gustaba cada año hacerse atar a una cruz durante tres horas el Viernes Santo».

Una placa de mármol con la leyenda «Hic ceciderunt» («Aquí perecieron») rinde homenaje, en ese lugar, a los llamados «mártires de septiembre» o «mártires carmelitas», que fueron beatificados en 1926 por el Papa Pío XI, y cuya memoria conmemora la Iglesia católica cada 2 de septiembre en su calendario litúrgico. Uno de los monjes mártires carmelitas, el hermano Salomon, también fue canonizado por el Papa Francisco en 2016. Algunos de los huesos de los mártires aún pueden verse en un relicario de cristal en el antiguo convento, hoy Instituto Católico de París.

Traducción de Verbum Caro.

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