Benedicto XVI, un «auténtico» fracasado

admindiciembre 31, 20228min1400
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Dice Sábato en el genial libro Diálogos: Borges-Sabato que «sería mucho mejor publicar un periódico cada año o cada siglo o cuando sucediera algo verdaderamente importante: ‘El señor Cristóbal Colón acaba de descubrir América’. Título a ocho columnas». Hoy, sin duda, creo que es uno de esos días… en los que una noticia tan trascendente, esta vez, en el sentido más metafísico de la palabra, justifica a otras cientos de ellas bastante irrelevantes. «Acaba de morir Tomás de Aquino o Agustín de Hipona»… se le podría comparar.

Hoy nos ha dejado Benedicto XVI y son muchos los recuerdos que me invaden en este día tan especial. Desde la emoción que sentía mi padre mientras veíamos juntos despegar el helicóptero que le trasladaba del Vaticano a Castel Gandolfo, aquel marzo de 2013; hasta la vez que pude verlo de cerca en el Monasterio de El Escorial, durante la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid. Pero, también estuvo Colonia, Valencia, la beatificación en Roma de su amigo Juan Pablo II… y algunas otras más. 

Pero, si algo tengo que decir, es, como tituló un diario español en su día, que Benedicto XVI fue el Papa de mi generación. Mis amigos y yo crecimos con él. Y aquel «hemos vivido una aventura juntos» en el vendaval de Cuatro Vientos siempre nos pareció el reconocimiento tácito de que el erudito alemán era, en realidad, un colega más, porque «ya no os llamaré siervos, sino amigos», dice el Señor. El Papa que se marcha ha sido para muchos de nosotros un faro de sabiduría. Una mente brillante que conocía como pocos, es verdad, la idea de Dios, pero que, mucho más importante que todo eso, se había encontrado de frente con una persona llamada Jesús.

Porque, si algo convierte esta noticia mundial en algo realmente trascendental es el valioso legado que nos deja Benedicto XVI a todos los demás. Hoy se cierra una vida que empieza a estar plenamente en función de cada uno de nosotros. Para nuestro propio beneficio. ¡Muchas gracias, Benedicto! ¿Y cuál es ese ejemplo tan importante? Algunos podrían decir que su sabiduría, su claridad, su entrega a la Iglesia, su humildad, sus libros valiosísimos… Yo, en cambio, me quedo con uno menos llamativo: que fue un «auténtico» fracasado. Es decir, un verdadero cristiano.

Conocidas fueron las cartas de renuncia cuando era Prefecto de la Doctrina de la Fe. Y él eligió Su voluntad. Conocidas eran las aspiraciones vitales a dedicarse al estudio y a tocar el piano cuando le llamó el papado. Y prefirió Su voluntad. Conocida fue la humillación que sufrió, del robo de correspondencia por su propio secretario personal. Conocida, por supuesto, fue su renuncia a la cátedra de Pedro, ¡la primera en 600 años!, con los consiguientes titulares de: «El Papa que se bajó de la cruz». Y él, eligió Su voluntad. Conocido era, también, que Benedicto XVI fue etiquetado con el condescendiente: «Un Papa de transición«. Sabido era, además, que le precedió el Papa más grande del siglo XX. Y, conocido ha sido el intento de convertirlo en líder de una Iglesia partidista… pero él siguió siempre a su sucesor.

Hoy podemos decir que Benedicto XVI fracasó como hombre en casi todos sus proyectos personales. Nada en esta vida, a pesar de su inmensa valía humana, llegó a salirle exactamente como tenía pensado. Al final siempre ocurría algo que cambiaba todos sus planes. Pero, como buen cristiano, la gloria para este sabio no estaba en la corona de laurel sino en la de espinas: su verdadero triunfo fue seguir fielmente los planes que Dios tenía reservados para él. No olvidemos que tuvo que marcharse de este mundo en el silencio, la oración y la contemplación de un frío monasterio vaticano.

Mientras escribo estas líneas miro el crucifijo de mi habitación y solo me sale decir: ¡Qué cerca de Dios estuvo Benedicto XVI! Porque ¿no seguimos acaso a un «fracasado» que siendo Dios prefirió morir en la cruz por amor a todos nosotros? ¿No es precisamente en la cruz, en «el leño verde», donde estamos llamados a ser luz? Al Papa que se nos ha ido nunca se le podrá acusar de esconder sus talentos, de irresponsable, de poco ambicioso o de indolente… simplemente, buscando cumplir con su deber, antepuso siempre la voluntad de Dios. ¿No es acaso un modelo para todos nosotros? Desde luego que sí. 

Hoy, aquel que se presentaba como un «humilde trabajador de la viña del Señor» ha ascendido en el escalafón. Ahora, a nosotros, solo nos queda vivir algún día… ¡otra aventura juntos allá arriba!

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