El hombre de los ojos buenos

adminenero 3, 202312min160
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Reflexionar sobre la larga vida de Joseph Ratzinger, Papa Benedicto XVI de 2005 a 2013, nos hace recordar las últimas palabras que dijo antes del cónclave: «Todos los hombres quieren dejar una huella que quede. Pero, ¿qué queda? El dinero no. Los edificios tampoco, ni siquiera los libros. Después de cierto tiempo, más o menos, todas estas cosas desaparecen. Lo único que permanece para siempre es el alma humana, el hombre creado por Dios para la eternidad. El fruto que queda es, por tanto, lo que hemos sembrado en las almas humanas: amor, conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma al gozo del Señor».

Y esto quedará de Ratzinger, aun con sus límites humanos. Incluso más allá de sus propios libros: una observación sorprendente en un hombre que ha dedicado toda su vida a estudiar, escribir e investigar lo que realmente permanece. Unos días después de su elección –que se llevó a cabo rápidamente, en menos de veinticuatro horas– yo estaba en una sala de espera médica. Dos ancianas, muy sencillas, hablaban del nuevo Papa y decían que no lo conocían; una de ellas comentó: no sé quién es, pero tiene «ojos buenos«. Y la bondad, que se desprende de su mirada, es otra característica que muchos recordarán de este hombre.

En 1997 el cardenal Ratzinger contaba sus primeros cincuenta años en una autobiografía esencial, y con la sencillez de un niño escribió que en el momento más solemne de su ordenación sacerdotal, el 29 de junio de 1951 en la catedral de Frisinga, un pajarito «levantó una pequeña canción alegre; para mí fue como si una voz de arriba me dijera: está bien, estás en el camino correcto».

El detalle pertenece al carácter sencillo y amable de Ratzinger. Un carácter demasiado atento a no herir a los demás y deseoso de tranquilidad, como fue evidente en su vida universitaria, en la que evitó los enfrentamientos más duros. Luego, el episcopado en Múnich y los años del pontificado se caracterizaron por un gobierno confiado en exceso a colaboradores que no ayudaron al pontífice como hubieran tenido que hacer, y llegaron a traicionarlo.

Sin embargo, estas limitaciones de Ratzinger nunca han llegado al miedo o a la falta de compromiso. Benedicto XVI nunca ha tenido miedo. Recordando al Papa Montini el 10 de agosto de 1978, cuatro días después de su muerte, el cardenal Ratzinger lo describió en palabras que anticipaban su propio pontificado difícil: «Un Papa que hoy no sufre críticas fracasaría en su tarea de cara a este tiempo. Él se resistió a la telecracia y a la demoscopia, los dos poderes dictatoriales de hoy», no tomando «como parámetros el éxito y la aprobación, sino la conciencia, que se mide en la verdad, en la fe«.

Al final, al despojarse del poder papal, Benedicto XVI dio un ejemplo radicalmente evangélico coherente con toda una vida de búsqueda de lo absoluto. Ha sido, según la distinción clásica utilizada para los distintos pontífices, un Papa religioso más que político, o simplemente un verdadero «siervo de los siervos de Dios», el título – que se remonta a Gregorio Magno– más auténtico y más exigente para cada obispo de Roma.

La vida de Ratzinger estuvo marcada en gran medida por una imagen pública inventada por el progresismo católico. Según esta imagen, el joven y brillante teólogo –que en el Concilio había sido influyente consejero del reformista cardenal Frings, arzobispo de Colonia– habría traicionado al Vaticano II ya en la segunda mitad de los sesenta, recayendo en el pesimismo y el conservadurismo político. Y durante el pontificado de Juan Pablo II se habría convertido incluso en un inquisidor despiadado como responsable durante casi un cuarto de siglo del antiguo Santo Oficio.

Este estereotipo se remonta a la oposición mediática, de matriz secular, con su colega Hans Küng –pero el recién elegido pontífice quiso reunirse con el teólogo suizo, casi de su misma edad– y luego se vio reforzado por la ideología, que divide. Este mal, siempre presente en las comunidades cristianas, pesó mucho sobre la imagen de Benedicto XVI, quien enseguida fue presentado a la opinión pública como el «pastor alemán», o incluso como el Papa que en su juventud habría tenido simpatías con Hitler, mientras que la realidad histórica es totalmente diferente.

Conocedor como pocos de la tradición cristiana, el teólogo Ratzinger fue consciente de la dificultad de comunicarla y hacerla comprensible hoy. Al comienzo de su Introducción al cristianismo, un libro que alcanzó las cincuenta mil copias en 1968 y lo hizo famoso, narra un apólogo de Søren Kierkegaard. En el campo, se incendió un circo y un payaso, «ya vestido para el espectáculo», fue enviado a pedir auxilio en el pueblo cercano, para evitar que el fuego se extendiera. Pero los aldeanos «tomaron los gritos del payaso únicamente por un ingenioso truco» y lo aplaudieron. La desesperación del payaso «solo intensificó la risa: se notaba que estaba actuando maravillosamente». Hasta que las llamas destruyeron el circo y el pueblo.

Esta es hoy la situación del teólogo, que ya no puede hacerse entender. En este contexto culturalmente secularizado y ahora descristianizado, Ratzinger ha demostrado un conocimiento extraordinario de la tradición cristiana que estudió rigurosamente, acompañándola con una rara habilidad para comunicarla en el lenguaje contemporáneo. Según el teólogo elegido Papa, la tradición es una realidad viva y dinámica –como indica la propia palabra, que significa «transmisión«– y es muy diferente del significado de depósito intangible, que debe conservarse sin variaciones. Esclarecedora al respecto es la valoración del Concilio Vaticano II, que según Benedicto XVI, como en 2005 dijo en el largo discurso navideño a la curia, debe interpretarse en una lógica de «reforma», y no de «ruptura», con respecto a la tradición. Y en 2012, al presentar la edición definitiva de sus escritos conciliares, el Papa recordó cómo en vísperas del concilio «el cristianismo, que había construido y moldeado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza efectiva».

Por eso era necesario el aggiornamento del Vaticano II, porque «el cristianismo debe permanecer en el presente para poder moldear el futuro», sin pesimismo y sin nostalgia por el pasado, estéril y en definitiva ahistórica. Ratzinger siempre ha estado atento a la historia, y es por ello que no identifica al cristianismo, que «había construido y moldeado el mundo occidental», con una cultura, sabiendo bien que al hacerse histórica la fe cristiana se encarnó en diferentes culturas. Por la misma razón, desde los años sesenta el joven teólogo se ha opuesto a cualquier forma de absolutización política del cristianismo, aunque nunca ha dejado de prestar atención a los acontecimientos políticos.

Y la historia da contenido también a su último trabajo, la trilogía sobre Jesús de Nazaret. Iniciada en 2003 y publicada entre 2007 y 2012, lleva la firma «Joseph Ratzinger Benedicto XVI» porque, como se afirma en la premisa del primer volumen, no es un acto del magisterio papal sino solo una expresión de una búsqueda personal del «rostro del Señor». Pero, después de la historia, quedan otras preguntas que resumen la lección de Ratzinger, como escribió presentando el tercer volumen: ¿es verdad lo que se ha dicho de Cristo, «me concierne a mí, y de qué manera?».

Giovanni Maria Vian fue director de ‘L’Osservatore Romano’ entre 2007 y 2018.

Publicado en La Razón.

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