¿Reforma de la Iglesia? Dos opciones: «adaptarse» al entorno o «reavivar la exigencia cristiana»

adminenero 6, 202323min210
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Pierre Manent, nacido en 1949 y profesor de filosofía política en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París, es uno de los pensadores católicos de referencia en Francia y muy comprometido con la causa de la vida. Firmó el manifiesto Por una Europa fiel a la dignidad humana que promueve la plataforma One on Us y es un analista crítico con la evolución de las sociedades ex cristianas, asunto al que consagró su libro Las metamorfosis de la ciudad.

Su último libro es Pascal y la propuesta cristiana, donde, partiendo del pensamiento del filósofo y matemático Blaise Pascal (1623-1662), tan inmerso en las disputas teológicas de su tiempo y cuyos Pensamientos han entrado a formar parte del canon del pensamiento occidental. Manent encuentra en las páginas de Pascal un «apoyo» para su planteamiento de la «urgencia de la cuestión cristiana».

Sobre eso ha sido entrevistado por Laurent Dandrieu en Valeurs Actuelles:

-¿Por qué empezar por [Blaise] Pascal, como hace Pierre Manent en su último libro, para evocar el «bautismo de cancelación» con el que Europa quiere darse un nuevo nacimiento que ya no deba nada al cristianismo? Sin duda porque «para encontrar los términos exactos y captar la gravedad y la urgencia de la cuestión cristiana», no hay mejor guía que la voz vibrante con la que Pascal nos invita a escuchar la propuesta de un Dios que se nos hace cercano, y articula de forma luminosa tanto la grandeza como la miseria de nuestra condición humana. ¿Podemos empezar preguntándole cómo ha acogido usted, personalmente, esta propuesta cristiana?

-Criado en la más completa ignorancia de la religión, la descubrí en la khâgne [clases preparatorias literarias] de Toulouse gracias a mi profesor de filosofía, un tomista claro y riguroso. Al principio, para mí era como  una catedral doctrinal cuya amplitud y belleza admiraba, pero en la que no tenía mucha prisa por entrar. Quizá nunca habría entrado sin la atracción espiritual de Aniouta y Stanislas Fumet, artistas y místicos que hicieron palpable la cercanía de Dios. Pero no bastaba con entrar. Mi querido André Frossard, al final de su vida, temía haber admirado a Dios más de lo que lo había amado. Se trata de un temor que no me es ajeno.

-Proliferan los ensayos que intentan demostrar la existencia de Dios mediante la ciencia y las razones intelectuales. ¿Qué cree que significa este enfoque racionalista de la fe? ¿Cómo nos ayuda Pascal a comprender el lugar que hay que dar a la razón en la fe?

-Estos libros pueden ser más o menos rigurosos, pero es su mismo proyecto el que me parece vano. Ya se trate de la cosmología o de la bioquímica de la evolución, por muy eruditos que seamos, seguimos siendo espectadores de causas exclusivamente físicas, de «causas muertas» que, procediendo según el azar y la necesidad, solo producen efectos físicos, desprovistos de sentido humano. El Dios que algunos infieren o insertan es un Dios muerto, el «Dios de los filósofos y los eruditos». En cambio, el «Dios de Jesucristo», que es el «Dios de Abraham, Isaac y Jacob», se dirige inmediatamente a nosotros, a cada uno de nosotros. Tenemos que orientarnos y elegir nuestro camino en un inmenso drama viviente ante el cual no podemos permanecer como espectadores.

'Pascal y la propuesta cristiana' de Pierre Manent.

»Sin embargo, nuestra elección no es ciega. Pascal no recomienda lo que algunos han llamado el «salto de fe». Dios nos habla a través de las Escrituras judías y cristianas; estas Escrituras tienen sentido, tocan puntos de nuestras almas que no sabíamos que existían, despiertan posibilidades dormidas; en resumen, descubren un paisaje moral de grandeza y miseria más vasto, más rico y más sutil que cualquier doctrina humana. Esta experiencia no constituye una prueba demostrativa de la verdad del cristianismo, pero sí sugiere poderosamente que no es descabellado orientar nuestras vidas según los marcadores definidos por los «misterios» cristianos.

-Usted recuerda que Pascal acusó a los jesuitas de su época de improvisar una «religión acomodaticia» que «satisficiera a todos». ¿No ha triunfado esta tentación de una religión acomodaticia en el catolicismo contemporáneo?

-La cuestión no afecta solo a la Iglesia, sino a todas las instituciones humanas. ¿Qué cuestión? El de la «gran brecha» -término de Maquiavelo– entre lo que los hombres hacen y lo que dicen que deberían hacer. Ciertamente el problema se plantea en el caso de la Iglesia cristiana la cual, por un lado, formula mandamientos más rigurosos que cualquier otra institución y, por el otro, no excluye a ningún criminal, ni siquiera a los peores, de la posibilidad del perdón. Por tanto, es a la vez la más exigente y la más complaciente de las instituciones humanas. Esta inmensa amplitud del espíritu católico es difícil de negociar. La Iglesia se expone al reproche de pedir demasiado a los hombres y de perdonar demasiado, o al menos de perdonar a sus miembros con demasiada facilidad.

»En consecuencia, la opinión pública la presiona para que reduzca la distancia entre lo que exige en principio y lo que permite de hecho. Este es, en mi opinión, el contexto más amplio de la crisis provocada por la revelación de la conducta de algunos sacerdotes y obispos. Ahora bien, si estas exigencias de la opinión pública, incluida la católica, parecen de sentido común, pueden, si no se tiene cuidado, socavar el principio mismo de la institución, que es ser a la vez la que manda y la que perdona, la que administra la grandeza y la miseria. Pascal no reprochaba a los jesuitas que perdonaran demasiado, sino que perdonaran con demasiada facilidad, que rebajaran el nivel de exigencia cristiana. En la actual crisis de la Iglesia, la cuestión no es si la institución debe reformarse a sí misma -debe hacerlo-, sino si la reforma debe llevarse a cabo conformando simplemente la Iglesia a las reglas, por otra parte recientes, de la sociedad que la rodea, o más bien reavivando el sentido y la urgencia de la exigencia cristiana en el corazón de los fieles y en la conciencia de la jerarquía.

-Según usted, el catolicismo parece tener actualmente dificultades para distinguir la propuesta cristiana de la «religión de la humanidad»: ¿tiene hoy el cristianismo la tentación de preocuparse más por la «unificación moral de la humanidad» que por la salvación de las almas?

-La dificultad que tiene hoy la Iglesia para expresarse, para manifestar lo que le es propio, lo que constituye el sentido mismo de su existencia y de su misión, es en parte la consecuencia casi inevitable de la situación que le ha creado el régimen de «separación».

»El principio del laicismo puede resumirse así: el derecho a mandar está reservado al Estado; la Iglesia tiene libertad para enseñar a los creyentes. Una partición razonable en sí misma, pero que condena a la religión a una atrofia progresiva. En efecto, ¿cómo se puede reivindicar la posesión de las llaves del Reino si el Estado que gobierna se muestra indiferente a esta misión? ¿Cómo se puede mantener a la sociedad atenta a la Iglesia como mediadora de salvación entre Dios y el hombre si la sociedad se organiza cada vez más en la indiferencia hacia las cosas de Dios?

»Básicamente, la Iglesia pudo seguir afirmando el carácter único y urgente de su misión mientras se resistió a la pretensión del Estado de ser el único portador de la ley suprema. Ahora que ya no se atreve a defender su derecho frente al Estado, ya no sabe cómo decir lo que es, ni al público ni a los propios cristianos. Es cierto que sigue criticando con valentía ciertos excesos del legislador, pero este ni siquiera pretende tener en cuenta esas críticas, ya que proceden de la Iglesia, que no tiene nada que decir al respecto.

La Cristiandad se construyó sobre la centralidad del templo y la unión del trono y el altar en torno al fin último. Cuando ambos se separan, explica Manent, la religión «se atrofia», pues no resulta creíble su mensaje de mediación con Dios cuando el poder rige todos los asuntos como si Dios no existiera. Imagen: El puente de la isla de Notre Dame, en un dibujo de Hamilton de 1827 conservado en la Biblioteca Nacional de Francia.

»Por ello, la Iglesia tiene la fuerte tentación de esconderse entre la multitud y hablar la lengua extranjera que parece más cercana a la suya: el lenguaje de la compasión humanitaria, que se asemeja al lenguaje de la caridad cristiana. Pero esto es obedecer a otra religión, a otra comprensión de la miseria humana y a otra concepción del remedio para esa miseria.

»¿En qué consiste esta nueva religión? Define la miseria, así como el remedio para la miseria, en términos fuertemente políticos: la deseable unidad de la humanidad se ve obstaculizada por una división principal, la que separa el «centro» de las «periferias», el «nosotros» de los «otros», Occidente del resto y principalmente de los pueblos antes dominados. El remedio a esta miseria y el sacramento de la unidad humana está en el gesto más sencillo del mundo: derribar la barrera entre ellos y nosotros, dejarles entrar si lo desean, porque tienen derecho a hacerlo como titulares de derechos humanos.

»Definir las tareas de la caridad cristiana en el marco de esta concepción de los desafíos del presente es tomar una posición política discutible y, sobre todo, es disminuir singularmente la finalidad de la caridad. Así como la condición de los obreros no resumía la miseria del mundo en tiempos de los sacerdotes obreros, la condición de los emigrantes hoy no resume las tareas de la caridad cristiana. Al igual que entonces los trabajadores tenían la fuerza de su número y de sus diversas organizaciones, hoy los emigrantes tienen la fuerza de su número y de las diversas organizaciones que fomentan y facilitan su emigración. Son personas activas, dispuestas y emprendedoras que transforman profundamente el equilibrio del mundo: sus sociedades al abandonarlas, las nuestras al establecerse en ellas. La caridad cristiana debe acudir en ayuda de su desamparo, pero debe guardarse de dejarse seducir por su fuerza.

-¿La cancelación del cristianismo en la conciencia europea se explica solo por un malestar respecto a nuestra historia, o refleja también el hecho de que el hombre occidental ya no sabe reconocer su propia miseria? El wokismo, ¿no es el triunfo de Rousseau sobre Pascal, culpando de todos los males a los defectos «sistémicos» de la sociedad, ignorando la responsabilidad personal y el pecado?

-Los europeos están inmersos en una penitencia sin perdón ni redención. Están repudiando todo su pasado, sus antiguas naciones, su antigua religión, todo por lo que han sido mandados y por lo que han mandado al mundo. No creo que esto signifique el triunfo de Rousseau. Los europeos no se creen «naturalmente buenos»; al contrario, se creen malos, piensan que lo han sido durante siglos. Así que quieren convertirse en inocentes. ¿Cómo pueden hacerlo si han repudiado la religión del perdón, que pertenece a los siglos malvados? Todo lo que tienen que hacer es desaparecer, desaparecer para ser mejores, desaparecer para dejar finalmente de ser malvados. Pero, ¿cómo desaparecer, cómo hacer saber que desaparecen y que quieren desaparecer? De ahí el frenesí de demolición, cancelación, renuncia, retractación, abjuración… Sobre todo, ¡para no verse en el espejo, para no parecerse a sí mismos, para no reconocerse!

Pierre Manent, de quien hemos recogido en ReL tanto artículos como entrevistas, conversa en CNews Europe 1 con Sonia Mabrouk, Nicolas Barré y Matthieu Bock-Côté, algunos de cuyos artículos también hemos reproducido en ReL.

»El vértigo del abatimiento que se ha apoderado de nosotros nos lleva a extrañas consecuencias. Incluso cuando hemos hecho de la humanidad ese «gran ser» que solo tiene derecho a nuestro afecto, o incluso a nuestra adoración, descubrimos con creciente parálisis que esta humanidad es la especie más dañina, más tóxica, más destructiva, más depredadora… Así vemos a muchos cristianos que, después de haber sucumbido a la idolatría de una humanidad sin Dios, parecen a punto de abrazar la idolatría de una tierra sin hombres. Sin embargo, han dado su fe al Dios amigo de los hombres y a la promesa de un cielo nuevo y una tierra nueva.

-Termina señalando que la religión de Pascal se percibe a menudo como marcada por la tristeza, mientras que usted la ve totalmente orientada hacia la alegría. Podríamos extender esta observación al conjunto del catolicismo contemporáneo: ¿por qué parece haber perdido esta capacidad de transmitir esperanza? ¿Cómo podemos volver a comunicar esta alegría?

-¡Esto no es asunto de mi ministerio! Puedo solo decir esto: para Pascal, la vida cristiana es una vida con Dios. El cristiano se une a Dios mediante la oración y los sacramentos. La gracia es el principio de una alegría incesantemente renovada, porque uno no se acostumbra a la gracia, y no debe acostumbrarse a ella, porque entonces la pierde. Un alma muerta es un alma extremadamente habituada, decía Péguy. Cada momento debe ser, por tanto, una oportunidad para apegarse a la presencia activa y bienhechora de Dios. Esto no tiene nada de místico. Se incluye en las instrucciones para el Dios amigo de los hombres, si se me permite la expresión. No creo que los católicos contemporáneos ignoren la alegría. En cuanto a «comunicarla», hay que tener cuidado… Conviene cierta discreción para la alegría, como para la felicidad en general.

Traducido por Verbum Caro.

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