El cura y poeta mallorquín Miquel Costa Llobera, y el marianista López de Uralde, hacia los altares

adminenero 19, 202319min160
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Miquel Costa Llobera y Vicente López de Uralde son dos sacerdotes que dejaron huella en España; el primero, en el mundo de la cultura y la poesía en catalán. Jardines y escuelas llevan su nombre en Cataluña y Mallorca, y su obra poética sigue siendo muy valorada. El segundo, con su trabajo educativo y confesor siempre acogedor en los marianistas de Cádiz, ciudad que le condecoró.

El Papa Francisco ha firmado los decretos que reconocen sus virtudes en grado heroico, por lo que dejan de recibir el título de Siervos de Dios para pasar a recibir el de Venerables. Si se confirmara un milagro atribuido a su intercesión, producido tras su muerte, podrían ser declarados beatos.

En la mañana del jueves se ha anunciado también el reconocimiento de las virtudes heroicas de otras 4 personas, todas italianas: un sacerdote periodista, un sacerdote evangelizador rural, una religiosa estigmatizada del s. XVII y una laica joven, firme en la enfermedad, que murió con 20 años.

Miquel Costa Llobera, el gran poeta de Mallorca

Para escudriñar el alma de algunos santos, la Iglesia no tiene muchos elementos, pero en el caso de Costa Llobera no es así porque dejó muchísimo escrito sobre sí mismo. Desde 1887 a 1922 escribió un lúcido y detallado diario, que ocupa 35 de los 68 años que vivió, expresado en 30 libretas. Además, era un incansable escritor de cartas a sus amigos, muchos de ellos personas del mundo de la cultura.

Un libro clásico sobre él es «Itinerario espiritual de un poeta», de Bartolomé Torres Gost (660 páginas, Balmes, 1971). Fue declarado hijo ilustre de Pollensa en 1901, de Palma en 1922 y de Baleares en 1956. Su proceso de beatificación empezó en 1983, con un acto solemne en la catedral de Mallorca.

Nació en Pollensa (Mallorca), en 1854, hijo de campesinos con tierra, huérfano a los 11 años. Su tío, médico de la ciudad, le enseñó a apreciar los clásicos y la naturaleza. A los 18 años empezó a estudiar Derecho en Barcelona, y tres años después lo hacía en Madrid, pero dejó el derecho para centrarse en la poesía, que escribía en catalán. En 1874 obtuvo un premio en los Juegos Florales y al año siguiente triunfó su poema más conocido, El pino de Formentor (1875). Primero hizo poesía romántica, pero pronto pasó a cultivar estilos greco-latinos (difíciles en lenguas romance).

Miquel Costa Llobera, reconocido poeta en catalán y castellano, sacerdote

Escrúpulos: ¿es malo alabar a un poeta pagano?

En 1879, con su oda «A Horaci», se inquietó por si había alabado demasiado a un poeta pagano. Estaba leyendo al teólogo Jean Joseph Gaume (1802-1879), muy hostil con la literatura clásica grecolatina y parece que pensó en destruir sus manuscritos. Por suerte, Menéndez Pelayo le alabó en extremo esa obra y todo lo que escribió de Horacio y la difundió en castellano (1885) y eso cambió su forma de verlo.

En 1880, con 26 años, empezó sus estudios eclesiásticos. Con 31 años fue a Roma donde pasó 5 años y se doctoró en teología en la Gregoriana. Volvió a España en 1890. Tras su estancia italiana, inmerso en su cultura renacentista, ya no tenía escrúpulos contra el arte clásico. En 1899 publicó «Líricas», el único volumen de poesía en lengua castellana del sacerdote mallorquín.

En 1902 ganó los 3 premios ordinarios de los Juegos Florales, por lo que fue investido como ‘Mestre en Gai Saber’. Ese mismo año fue elegido miembro correspondiente de la Real Academia Española. En 1906 su poemario «Horacianes», en catalán, en pies métricos greco-latinos, fue alabado por Menéndez y Pelayo: «versos dignos de contarse entre los mejores que hoy se escriben en España».

En 1907 viajó con otros mallorquines a Oriente Medio y Tierra Santa. Al volver, publicó Visions de Palestina (1908), que son 26 textos de prosa sobre los santos lugares. Al año siguiente, fue nombrado canónigo de la catedral de Mallorca.

Documental biográfico sobre Costa Llobera (en mallorquín).

Obra más religiosa en su etapa final

Cumplidos los 50 años, redujo su producción y se centró más en lo espiritual: unos textos de Via Crucis (1907-1908), unos ‘Sermons panegírics‘ (1916), traducciones al catalán de los Himnos del poeta cristiano-romano Prudencio, y traducciones al castellano (entre 1907 y 1911) de las novelas de la escritora cristiana francesa Reynés Monlaur (Después de la hora nona, Mirarán hacia Él y Almas celtas).

Seguía escribiéndose con amigos, pero menos, y más centrado en temas de fe. «Miguelito se nos ha vuelto muy huraño», escribían sus amigos de él. «A Miguel, cuando le da un ataque de divinidad, está insoportable», escribía otro. Quizá, simplemente, tenían poco interés en su creciente espiritualidad.

Murió mientras predicaba de una santa poetisa

Llevaba una vida ordenada y regular y casi siempre tuvo buena salud, aunque sus últimos diez años hablaba de problemas de «reuma» que podían ser del corazón.

Su vida interior está en sus textos. Él sabía que tenía ataques de escrupulosidad, pero también sabía, por Santa Teresa, que «la humildad es la verdad». Su poesía insistía una y otra vez en la serenidad. Sus diarios, en una introspección equilibrada.

Tras la misa, el oficio divino y la oración personal, Costa LLobera se volcó en las jaculatorias, la oración de frases breves. A veces las apuntaba en su diario, a veces incluso las contabilizaba: podía hacer 700 por la mañana y otras tantas por la tarde durante meses.

Escribió en su diario, el día antes de morir, que estaba melancólico. Mientras predicaba al día siguiente a unas carmelitas descalzas de Palma sobre Santa Teresa -a quien él apreciaba mucho- y sus experiencias místicas, junto a una imagen del Cristo flagelado en la columna, le dio un ataque al corazón y cayó muerto. Muchos consideran que no es mala muerte para un sacerdote poeta morir predicando sobre una santa poetisa. Tenía 68 años.

Su figura puede ser de gran interés para todos aquellos cristianos, y más clérigos, que intentan compaginar su amor por las letras con su servicio a Dios y a la Iglesia. Con sus virtudes ya aprobadas, el camino intelectual y espiritual de Costa Llobera puede iluminar a muchos.

Vicente López de Uralde, un santo «de la puerta de al lado»

El sacerdote marianista Vicente López de Uralde vivió entre 1894 y 1990. Una biografía publicada sobre él en 1992 empieza diciendo «en su vida no hubo nada
extraordinariamente llamativo: ni la inteligencia, ni el valor, ni la belleza, ni la elocuencia, ni la actividad arrolladora y brillante que arrastra multitudes». Su santidad iría en la línea de los «santos de la puerta de al lado»: una persona cercana a Dios y a los que le rodean.

El P. López de Uralde, muy recordado en Cádiz y entre los marianistas

El P. López de Uralde, muy recordado en Cádiz y entre los marianistas.

Nació en Vitoria, hijo de carpintero y costurera. La familia tuvo dos hijas y tres hijos, y los tres se hicieron sacerdotes. Vicente desde niño quiso ser sacerdote y entró con 21 años en el postulantado de los marianistas. Hizo los votos perpetuos en 1917. Fue profesor en varios colegios y su preparación sacerdotal la desarrolló en el seminario marianista de Friburgo (Suiza), donde fue ordenado en 1925.

Llegó a Cádiz en 1928 y allí desarrolló el resto de su vida: oración, sacramento de la Reconciliación, vida de comunidad. Se le recuerda por su alegría, sencillez, humildad, acogida. «Su palabra alegre y jovial disipa todo malentendido entre otras personas y es el lazo de unión de los caracteres más opuestos», declararon de él.

Muy pronto sufrió de mucha miopía y quedó ciego en sus últimos años. El trabajo lo agotó en ciertos momentos. Pero mantuvo siempre buen carácter. Fue «un constructor de comunidad y un solicitadísimo confesor, que pasaba largas horas en el confesionario».

«Siempre lo encontré allí revestido de Buen Pastor, nunca de juez. El perdón solemne te hacía salir de aquel encuentro esponjado, aliviado y, a la vez, esperanzadamente enardecido», escribe una persona que se confesaba con él.

Recibió varios homenajes de la ciudad de Cádiz: el Ayuntamiento le nombró Hijo Adoptivo de la ciudad el año 1968 y le concedió la Medalla de Oro de Cádiz. Falleció con 96 años.

Dos sacerdotes italianos

El Papa ha aprobado también las virtudes heroicas del sacerdote italiano Gaetano Francesco Mauro (1888-1969), fundador de la Congregación de los Píos Operarios Catequistas Rurales y el sacerdote periodista Giovanni Barra.

Gaetanao Mauro mostró su capacidad cuando se presentó a un pueblo donde ningún sacerdote quería trabajar por el fruto malo de dos curas apóstatas. Acudió dispuesto a trabajar con niños, jóvenes y personas humildes y se ganó a todos. Prisionero de Austria en la Primera Guerra Mundial, encontró al entonces militar y luego ministro Giuseppe Bottai, al que devolvió a la fe católica y con quien siempre mantuvo amistad.

Trabajando con scouts, Acción Católica y Congregaciones Marianas, impulsó la evangelización del mundo rural italiano con oratorios rurales y luego el nacimiento de los Catequistas Rurales, también llamados misioneros ardorinos (buscaban transmitir «ardor», palabra que estaba en su enseña).

Don Giovanni Barra, sacerdote y periodista

Don Giovanni Barra, sacerdote y periodista.

El sacerdote diocesano Giovanni Barra (1914-1975, fallecido en Turín) fue sacerdote, comunicador y hombre de letras: predicador, promotor del asociacionismo católico, periodista en «Il Nostro Tempo», editorialista en «La Voce del Popolo», escritor prolífico, traductor y gran impulsor de cultura cristiana en la diócesis de Pinerolo y toda Italia.

Una estigmatizada del s.XVII y una joven laica enferma

El Papa ha reconocido también la virtud heroica de la religiosa Maria Margherita Diomira del Verbo Incarnato (en el siglo, Maria Allegri, 1651-1677), de la Congregación de las Instituidas de la Caridad del Buen Pastor. Diomira Allegri fue devota de la Eucaristía y el misterio de la Encarnación. Damas y nobles acudían a ella en busca de consejo.

Se la considera una mística: en 1674 experimentó los dolores de la Pasión, en 1677 recibió los estigmas durante 26 horas. Un médico de la corte, Francesco Redi, examinó sus heridas. Nueve meses después, ella murió: la autopsia reveló una herida en su corazón. Circuló una biografía sobre ella a cargo de su obispo ya en 1703, pero el proceso diocesano moderno se reabrió en 2008.

Bertilla Antoniazzi, venerable por sus virtudes en grado heroico

Por último, se reconocen las virtudes de Bertilla Antoniazzi, laica fallecida con poco menos de 20 años en 1964 en Vicenza (Italia). Desde los 9 años una enfermedad grave le mantuvo en casa, donde oraba por los demás. Estableció amistad con médicos y enfermeras y se escribía con otros enfermos. Sus dos últimos años, especialmente duros, los vivió con entereza y sin quejas. Sus textos y ejemplo ayudan a muchos en la prueba y la enfermedad. 

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