Un médico afea su ética a los «expertos» que imponen la afirmación trans sin debate ni buena ciencia

adminenero 19, 202324min180
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El Dr. James O. Breen es médico de familia y miembro del cuerpo docente de formación médica de posgrado en Fort Myers, Florida. También pertenece a la Asociación Médica Católica de EEUU (sección Suroeste de Florida).  En la revista Crisis Magazine ha denunciado la interferencia de la ideología de género en la práctica médica en el país. Este es su análisis, que traducimos completo.

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Si te basaras exclusivamente en los medios de comunicación tradicionales para enterarte de las noticias, nunca sabrías que, recientemente, la Catholic Medical Association (CMA, cathmed.org), junto con otras organizaciones médicas basadas en la fe y la razón, publicó una carta abierta a la American Medical Association, la American Academy of Pediatrics y otros defensores médicos de la «atención de afirmación de género» para menores que sufren disforia de género. 

En la carta abierta, la CMA y sus coautores apelan al interés común de todos los profesionales médicos por minimizar el sufrimiento y mejorar la atención de estos niños y adolescentes mediante la evaluación imparcial de las pruebas médicas existentes sobre las causas y los tratamientos, señalando que «el debate y el desacuerdo respetuosos proporcionan una base para avanzar en la investigación científica».

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James O. Breen es un médico especializado en cuidados crónicos de todas las edades, cuidados preventivos y cuidados con base familiar y comunitaria. 

De hecho, el desarrollo de hipótesis contrapuestas entre los miembros de la comunidad médica es el proceso mismo por el que se cuestionan y se validan o refutan los conceptos clínicos.

El hecho de que no se haya permitido este debate abierto sobre un tema tan controvertido daña el proceso científico, la fiabilidad de la comunidad médica y el bienestar del público.

En lugar de fomentar un espíritu de diálogo, el estamento médico ha ungido a una pequeña camarilla de especialistas en la materia que emiten directrices de tratamiento autorizadas sobre el cuidado del sexo de los menores basándose en su propia opinión experta, excluyendo los intentos de entablar un debate libre y abierto.

Del mismo modo que los medios de comunicación tradicionales no dan espacio a noticias como el contrapunto propuesto en la carta abierta de la CMA, los editores de las revistas más importantes -incluyendo JAMA New England Journal of Medicinereprimen los puntos de vista que se desvían de las posturas de «afirmación del género» que defienden en sus páginas.

Invito a los lectores que tengan dudas al respecto que busquen en los índices de las principales revistas médicas artículos que expresen un punto de vista divergente. Recomiendo dedicar tiempo a este ejercicio, ya que las opiniones divergentes sobre la ideología de género en las publicaciones médicas son una rara avis

De hecho, la incuestionable unanimidad existente entre los autores de las revistas en defensa de los supuestos beneficios que aportan la transición social, los bloqueadores de la pubertad, las hormonas transgénero y la cirugía de reasignación de sexo -basada en estudios de observación de baja calidad y en la opinión de expertos- es poco habitual entre los académicos de la medicina, cuyo modus operandi suele exigir un alto grado de rigor científico antes de emitir directrices y recomendaciones sobre tratamientos clínicos. 

Como ilustración del débil estado de la ciencia a este respecto, podemos tomar el representativo ejemplo de las pruebas utilizadas para apoyar el uso de la supresión de la pubertad en adolescentes , que se basa en datos de encuestas derivadas de un conjunto de datos de 27.000 adultos transexuales reclutados por organizaciones activistas, comparando los resultados de salud mental autoinformados entre una cohorte de tan solo 89 pacientes que recibieron medicamentos bloqueadores de la pubertad en la adolescencia y los que no lo hicieron.

Los frágiles resultados derivados de estos estudios se utilizan para recomendar la supresión farmacológica de la pubertad con el fin de retrasar los cambios puberales en los adolescentes con disforia de género, como paso previo al inicio de la «terapia hormonal de afirmación del género», es decir, el uso de hormonas cruzadas para masculinizar a las mujeres biológicas y feminizar a los hombres biológicos. 

La escasa calidad de las pruebas contrasta con la rigurosa metodología que subyace a los cambios más recientes de las directrices relativas al uso de aspirina infantil para prevenir un primer infarto de miocardio en adultos de riesgo, que deriva su legitimidad, en parte, de una revisión sistemática de ensayos controlados de manera aleatoria en los que participaron más de 160.000 pacientes. Aunque los riesgos del uso diario de aspirina son bien conocidos -principalmente el aumento del riesgo de hemorragias-, no lo son los peligros a largo plazo de los tratamientos hormonales para la salud física y mental de las adolescentes.

Dado el potencial de efectos irreversibles y duraderos de los tratamientos hormonales -incluido el daño a la salud cardiovascular, la estatura, la densidad ósea y la capacidad reproductiva-, el afán de los expertos médicos por aprobar intervenciones agresivas que conllevan una alta probabilidad de lesiones graves es desconcertante. Al tiempo que hacen caso omiso de las preocupaciones sinceras sobre los riesgos de las intervenciones propuestas, los defensores de los autores-expertos de las directrices desestiman las críticas a su metodología y conclusiones como ataques políticamente motivados contra los jóvenes vulnerables a los que dicen defender.

Uno de los rasgos distintivos del concepto de «medicina basada en la evidencia» es la voluntad de someter las propias afirmaciones a cuestionamiento y debate.

Los partidarios del método científico deben estar dispuestos a aceptar con imparcialidad los resultados de las investigaciones en curso en busca de la verdad; los científicos sinceros no temen defender sus hipótesis frente a un cuestionamiento legítimo. Al fin y al cabo, si los investigadores son rigurosos y se someten a los dictados de la ley natural revelados por la ciencia, no deben temer el escrutinio cuando conduce a un resultado distinto del que habían previsto. 

En el caso de la atención clínica a los niños con disforia de género, las autoritarias posturas públicas adoptadas por los líderes de la comunidad médica y científica ocultan un intenso activismo bajo el barniz de la ciencia.

Un indicio del partidismo de los autoproclamados expertos es su desinhibida colaboración pública con organizaciones activistas militantes en la creación y promoción de pronunciamientos supuestamente «basados en pruebas» para guiar a los médicos y a las familias de los niños con dificultades en la afirmación de la «identidad de género» asumida.

Es cierto que los grupos de activistas transgénero, como la Campaña de Derechos Humanos y la Asociación Mundial de Profesionales de la Salud Transgénero (WPATH sus siglas en inglés), son libres de defender cualquier punto de vista que deseen, e incluso de utilizar maniobras partidistas en la consecución de sus objetivos. 

Sin embargo, a diferencia de estos actores políticos, las organizaciones médicas profesionales tienen la obligación de sopesar las pruebas científicas para concluir su validez, un servicio imparcial al público general.

Las organizaciones activistas abiertamente partidistas se han apoderado de la dirección de las principales asociaciones médicas profesionales para promover una agenda política y social, lo que las convierte en compañeros de cama incómodos y desagradables.

Esto es evidente cuando las sociedades médicas y los editores se lanzan de cabeza a la refriega en cuestiones sociales tan polémicas como esta, mostrando desprecio e incluso desdén por los médicos y el público en general que mantienen puntos de vista diferentes.

La aceptación ciega de la ideología se extiende a las nuevas normas del lenguaje, incluida la recitación de la novedosa idea de que el sexo de un niño se «asigna al nacer» en lugar de determinarse genéticamente en el momento de la fecundación. Del mismo modo, muchas publicaciones y artículos de revistas emplean ahora el contorsionismo verbal para evitar palabras tan específicas del sexo como «mujeres» (léase, «personas con capacidad de embarazo»). 

Una de las mayores frustraciones entre quienes se oponen a la destrucción del orden natural promulgada por el movimiento del transgenerismo clínico es la naturaleza engañosa de su apelación a la ciencia para apoyar la afirmación infundada de que la fluidez de género hace posible que los niños se transmuten en niñas y viceversa, o incluso para descartar la noción misma de «niños» y «niñas» en favor de una forma de autoidentidad sexual incontestable e ilimitada. De hecho, este sistema de creencias es científicamente indefendible

A la luz de la enorme cobertura que la prensa ha dado a la cuestión de la ideología transgénero, parece que ningún contrapunto racional persuadirá a los defensores de la «atención de afirmación del género» de que reconsideren su postura.

El carácter inamovible de las opiniones de los expertos estadounidenses sobre este tema -incluso cuando se están formando fisuras en el consenso internacional sobre las ventajas de este tipo de intervenciones médicas en menores, especialmente en Europa– es el sello distintivo de una postura que no está arraigada en la ciencia, sino en un sistema de creencias que no puede conocerse por medios racionales o empíricos. 

Los partidarios de la transexualidad no tienen ninguna respuesta científica plausible a quienes discrepan de su afirmación de que la sexualidad humana es fluida. Su inquebrantable creencia en la mutabilidad del sexo y el «género» humanos se aleja claramente de la dicotomía de los sexos tal y como se ha entendido a lo largo de los tiempos, las culturas y la geografía.

La incapacidad de los ideólogos del género para basarse en verdades observables subraya el hecho de que la práctica de la medicina se apoya en una base moral, además de científica, y exige de sus profesionales el ejercicio del juicio en cuanto a lo que es mejor para el paciente

Un médico con mascarilla y bata

La mascarilla puede ser una herramienta sanitaria más, pero en esta foto puede simbolizar la voluntad de ocultar intereses ideológicos y ganancias económicas en la medicina con ideología de género.

La dependencia de la dimensión moral de la ideología de género por parte de sus defensores en la profesión médica crea un resquicio de esperanza para quienes se oponen a la hipersexualización médica de los niños. Aunque aparentemente apela a un corpus de trabajo científico que no se ha resuelto como base para sus pronunciamientos, el estamento médico ya se ha remitido a la preeminencia del juicio moral en apoyo de sus afirmaciones sobre las «mejores prácticas» para tratar la disforia de género. 

En su urgencia por promover intervenciones radicales e irreversibles en los niños y adolescentes afectados, los expertos en cuestiones de género han afirmado ex facto que sus motivos compasivos prevalecen sobre la necesidad de pruebas científicas concluyentes que respalden sus afirmaciones.

Al priorizar la empática afirmación de los activistas transgénero sobre la falta de base científica para su postura, la AAP, la AMA y otros han declarado de hecho que su imperativo moral es más importante que las pruebas empíricas.

Y, sin embargo, la cuestión del imperativo moral en el tratamiento de los niños con disforia de género es mucho más profunda que la evitación de conflictos políticos. La falta de investigación sobre las causas del rápido aumento del número de jóvenes que se autoidentifican como «de género diverso» es quizá más reveladora que las prescripciones sobre la mejor forma de atenderlos. Ante la tremenda carga de sufrimiento a la que se enfrentan estos jóvenes desesperados y sus familias, la aparente omisión de la investigación sobre las causas y la prevención parece extrañamente poco característica de la medicina académica. 

Gran parte del problema es que, bajo el disfraz de la compasión, el estamento médico -junto con los ideólogos activistas– sigue pintando la «fluidez de género» no solo como otra variante de la condición humana, sino como un objetivo aspiracional que hay que celebrar.

Así, la pregunta de cómo evitar el sufrimiento de los menores afectados reduciendo el número de los que se adscriben a la nueva ideología de género ha sido declarada una pregunta intolerante.

Uno podría ser perdonado por concluir que la acusación de intolerancia es poco sincera cuando es hecha por los mismos científicos y médicos que están en el negocio de consignar a estos celebrados jóvenes a la medicalización de por vida y la dependencia de un suministro constante de hormonas, vigilancia de laboratorio, cirugías cosméticas y accesorios de vestuario con el fin de mantener la fachada de la fluidez de género.

Esto parece explicar por qué los expertos en medicina de género prefieren abogar por el pago obligatorio por parte de los seguros de las intervenciones ofrecidas en sus cada vez más numerosas clínicas de afirmación del género, en lugar de estudiar formas de frenar la ola de desesperación y aislamiento que asola a su creciente base de pacientes adolescentes. 

Si la medicina implica el arte de entrelazar ciencia y moral, entonces la cuestión de fondo que debemos abordar con mayor urgencia para detener el contagio de la ideología de género es cómo nuestra sociedad -y nuestra medicina- se ha vuelto tan venenosa que ha permitido la implantación de un impulso autodestructivo desenfrenado en nuestra juventud.

Tal vez la carta de la CMA ha sido demasiado generosa al suponer la benevolencia de las asociaciones médicas que promueven la ideología de género. 

Solo hay una forma de averiguarlo: necesitamos un debate honesto basado en la medicina moral y la auténtica antropología humana -no una escaramuza sobre los niveles de evidencia científica- para entender cómo el estamento médico permitió que la ideología de género les hiciera pasar de profesionales hipocráticos de confianza a activistas políticos interesados.

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