La curiosa alianza entre un sacerdote y un niño para ayudar a los pastores turkanos desde el cielo

adminenero 20, 202315min90
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La sequía está haciendo estragos en el Cuerno de África. Los pastos se secan, los cultivos se mueren y los animales no tienen qué comer, algo que a su vez provoca una gran crisis alimentaria entre la población.
 
Un ejemplo de ello son los turkana, tribu de pastores nómadas que viven al norte de Kenia, quienes han perdido su ganado por la falta de lluvias durante casi tres años seguidos. Muchas de sus gentes sufren un aumento de la malnutrición, del aproximadamente 40% en la población infantil.
 

Situación dramática

«Han fallecido muchos ancianos, que son los más vulnerables. La malnutrición en los niños está subiendo muy rápido porque no tienen la leche que antes obtenían de las cabras”, denuncia la hermana Ligia Girón, de las Hermanas Misioneras Sociales de la Iglesia (HMSI), que coordinan un orfanato y 12 escuelas preescolares en la región. Ante la gravedad de la situación, Girón confiesa que las familias «prefieren que se muera un hijo a una cabra, ya que viven de ellas».
 
En pleno siglo XXI, los turkana, cuya población alcanza el millón de habitantes, mantienen costumbres ancestrales. En parte por la llegada tardía de los misioneros, -los primeros católicos no aterrizaron en el territorio hasta 1961 pero ya encontraron algunos evangelizadores protestantes-, y en parte por la dureza del territorio -semidesértico- y la falta de ayudas del Gobierno a pesar de que Kenia posee la mayor economía de África del Este.
 
Estos motivos les han impedido poder disfrutar de bienes básicos como la alimentación, educación, -los niños se dedican al pastoreo desde temprana edad-, atención sanitaria, o el acceso al trabajo. Su esperanza de vida es aún muy baja, de 42 años en la mujer. Además, entre ellos se practica la poligamia. Al inicio de la pubertad, las niñas son comprometidas con varones adultos y entregadas como moneda de cambio y mano de obra.
 
turkanaLos niños se dedican al pastoreo desde temprana edad y la esperanza de vida de los turkana es de 42 años en las mujeres.
 
Pero la hermana Ligia desvela cómo gracias a la evangelización y su labor educadora, esta situación empieza a cambiar, porque la niña que recibe educación, ya no quiere ser vendida en matrimonio: «Es doloroso que al terminar la preescolar, un gran número de ellas se quedan en casa, porque el padre ya las ha comprometido con un hombre, o quiere recibir la dote por ella».
 
«Cuando le pedimos que deje a la niña en la escuela, responde que si todos sus hijos lo hacen, no puede cubrir los gastos familiares», cuenta. Preguntamos a la misionera si los progenitores católicos también actúan así. Responde que estos permiten que sus hijas se eduquen, aunque no todas: «Eligen a dos que se queden en casa«, explica.
 

Profesores, enfermeros, alcaldes…

Gracias a la tarea educadora de las misioneras, algunos de sus alumnos ya son profesores, alcaldes, o enfermeros. «Tras su formación en la Universidad, han regresado a Turkana para servir a su propia comunidad y se han convertido en líderes«, afirma orgullosa la religiosa.
 
La congregación a la que pertenece la hermana Ligia fue fundada en 1965 en Ecuador por el sacerdote español Julián Lorente (La Calzada de Oropesa, Toledo, 1918 – Plasencia, Cáceres, 2015). Licenciado en Farmacia, entró en el seminario de Ávila y, una vez ordenado sacerdote, enseguida pidió ir a las misiones. Su sueño se cumplió al ser enviado primero a Nicaragua, y después a Ecuador, donde vivió y trabajó para los más humildes, los «Cristos pobres de la tierra«, cómo él los llamaba.
 
Su comunidad de religiosas aterrizó en Turkana por primera vez en la festividad de la Inmaculada Concepción de 2001. «Desde Ecuador, aceptamos mandar dos hermanas para una experiencia pastoral por tres años. Y ya llevamos más de 21. Es una tierra más que propicia para poner en práctica nuestro carisma de trabajar preferentemente por los más pobres», cuenta Ligia.
 
Y enseguida llegaron las vocaciones: «En Kenia, ahora somos solo dos ecuatorianas, el resto son hermanas nativas». Los inicios fueron muy difíciles porque no tenían dónde vivir ni qué comer, pero con la providencia de Dios y su trabajo en el huerto, lograban mantenerse.
 

«Con Pablo»

Seis años más tarde, en agosto de 2006, la oftalmóloga madrileña Ana Sendagorta perdía a su hijo Pablo en un accidente de buceo con 12 años de edad. Ana había visitado Turkana para operar niños ciegos y había conocido la labor que realizaban estas misioneras, quedando profundamente impresionada por la dureza de las condiciones de vida de la población al mismo tiempo que por la sencillez y santidad de la vida de las hermanas. 
 
La misma noche en la que fallece su hijo, Ana y su marido, Peter Horstmann, deciden fundar una ONG: «Pensamos que toda la alegría que Pablo nos había brindado, lo que lo habíamos disfrutado, lo teníamos que llevar a los niños más necesitados«, reveló recientemente en una entrevista al programa «Últimas Preguntas» de La 2. En sus declaraciones, Ana siempre aclara que este trabajo solidario no lo hace en nombre de su hijo Pablo, sino «con Pablo».
 
Ana_Sendagorta_con_una_anciana_turkana
La misma noche en la que fallecía su hijo, Ana Sendagorta y su marido, Peter Horstmann, decidieron fundar una ONG para ofrecer su ayuda.
 
Así, esta fundación, que tomó el nombre del niño, fue también providencial para la permanencia de las misioneras en Turkana, que habían comenzado su misión con los niños a la sombra de los árboles: «Firmamos un convenio de ayuda para construir dos pequeños centros educativos. Desde entonces, ya hemos abierto 12 Escuelas Preescolares en poblados muy remotos, a los que se tarda más de dos horas en acceder en coche por el desierto», explica Ligia.
 
El proyecto cuenta también con una clínica móvil que realiza una revisión médica completa a todos los alumnos trimestralmente. Así, la tasa de malnutrición entre los alumnos de estos centros escolares ha descendido al 15%.
 
Mientras que algunas hermanas trabajan en las escuelas, otro grupo se dedica solo a la pastoral, realizando meditaciones de la Palabra de Dios entre las pequeñas comunidades cristianas de la parroquia. También visitan a los enfermos para llevarles la comunión, y a los ancianos abandonados que no tienen quien les dé de comer.
 
Aproximadamente el 10% de la población en la diócesis de Lodwar -a la que pertenece la región de Turkana-, es católica. También hay una presencia de cristianos de otras denominaciones y musulmanes. Pero la mayoría todavía sigue religiones tradicionales. La ciudad de Lokitaung, donde residen las misioneras, solo cuenta con un sacerdote, de los Franciscanos de la Esperanza, congregación nativa de Kenia.
 
Las mismas escuelas que las misioneras tienen en los poblados son usadas los domingos como lugares de culto, dónde el catequista lidera una celebración de la Palabra. Una vez al mes, el sacerdote las visita para celebrar los sacramentos.
 
Cuando Ligia, de familia católica, comenzó a estudiar Psicología en la Universidad en Ecuador, no pensaba en ser religiosa. «Entré en la congregación porque se dedicaba a la misión Ad Gentes y porque me llamó la atención por su vida tan sencilla«, relata. Por lo que decidió interrumpir sus estudios para hacer una experiencia. Ahora, 22 años después, echa la vista atrás y se siente agradecida. «Mi madre está muy anciana y me pide volver a mi país. Pero no puedo hacerlo. No todas las hermanas en Ecuador están disponibles para la misión Ad gentes», concluye.
 
 
Para colaborar con la alimentación, educación y salud de los niños en Turkana, la Fundación Pablo Horstmann ha abierto una campaña de recaudación para su escuela de Karebur, puedes entrar en este enlace para participar.

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